Capitulo 7

Capítulo siete.

El ruido del despertador me estaba perforando los tímpanos. Lo conseguí apagar después de estar varios minutos forcejeando para quitarme la sábana de encima. Me tiré en la cama. Estaba rendido. Pasarse la mayor parte de la noche intentando no llorar no era la mejor forma de descansar. Y tampoco me sentía mejor por no haber llorado. Abrí la puerta de par en par justo cuando Lucy dejaba el baño libre. Pero, ¿cómo podía levantarse una hora antes que yo solo para arreglarse? Abrí el grifo y me metí en la ducha cuando empezó a salir agua caliente. Me quedé un rato inmóvil debajo del chorro de agua. Miércoles. No odiaba los miércoles, pero tampoco me entusiasmaban. Odiaba los lunes, pero adoraba los viernes. Sin embargo los miércoles… No me producían ningún sentimiento. Ningún sentimiento. Esas palabras rebotaron en mi mente dejando un gran vacío. Los miércoles eran como mis padres. Terminé de ducharme y me vestí. Bajé a desayunar y me encontré con Lucy. Eran pocos los días que desayunábamos juntos, generalmente porque no nos levantábamos a la misma hora. Y también porque no nos alegrábamos de desayunar juntos.

-¿Solo fruta? – Le pregunté mirando su plato, ocupado por una simple manzana.

-Es que no me entra nada más tan pronto.

La observé mientras pelaba la manzana. Ojalá que no se estuviera convirtiendo en una de esas estúpidas chicas que hacen dieta aún estando delgadas. La palabra anorexia y mi hermana no pegaban.

-¿Cenaste ayer? – Me preguntó la mirada asustada de mi hermana. – Lo digo porque si te zampas todo eso… – Miró con expresión de pánico mi plato repleto de comida. Un sándwich de tres pisos, un poco de jamón y un melocotón. Se asustó aún más cuando me vio levantarme y poner en la mesa un bol lleno de cereales y leche. – Yo vomitaría – dijo mientras se metía un trozo de fruta en la boca.

-Ya lo sé. Tu y yo somos muy distintos.

Realmente muy distintos. Ella no…

-Me voy – dijo y se levantó. Tiró la piel al cubo de la basura y dejó el plato en el fregadero. Se quedó durante un instante parada en medio de la cocina mirándome, dudando si darme un beso o no. – En fin, hasta esta tarde. – Decidió no dármelo. En casa no éramos muy cariñosos. Bueno, no eran muy cariñosos conmigo. Acabé de desayunar y justo entonces sonó un claxon. Me asomé por la ventana y comprobé que no era Judy. Era Matt y Colin ya se había subido al coche. Subí corriendo a por mí mochila y les saludé con un <<¿Cómo va eso?>>.

-Mal. ¿Te has empollado el de sociales? – Preguntó Colin. La ansiedad se reflejó en mis ojos. – Tío, ¿no te lo has estudiado?

Mierda. Ayer se me olvidó que después de cenar tenía que estudiar. Ni siquiera cené. Se me fue por completo.

-No. Se me olvidó.

-¿Tú olvidándote de estudiar? Vaya, esto es nuevo.

-No tiene gracia Colin. Si cuando me mato a estudiar apenas llego al seis. Ya sé que nota voy a sacar, un menos cuatro.

-Piensa que podría ser peor. Tu por lo menos tienes a Samanta. – Dijo Matt. Por lo visto seguía hecho polvo. Fruncí el ceño. ¿Qué yo tenía a Samanta? En realidad ni me importaba. Encima teníamos el examen a primera hora. Me desesperé. Llegamos al insti y nos despedimos de Matt. Cuando entramos en la clase el profesor ya estaba repartiendo los exámenes aunque solo había tres personas. Nos sentamos con desgana. Miré a Samanta, sentada en primera fila y un escalofrío me recorrió la espalda. No me gustaba que me besara. Y, a la vez, me gustaban sus cálidos labios. Miré el examen. Acertaste, Henry. Un menos cuatro es lo que sacarás. El boli se movía con lentitud sobre la hoja.

-Bien, chicos. Os podéis marchar. – Comunicó el profesor cuando hubo recogido todos los exámenes.

Salimos al pasillo y nos dirigimos hacia el gimnasio. Sam no coincidía en mi clase de gimnasia. No me había saludado al salir del aula de sociales. Tampoco me importó mucho.

-Como todos sabéis, este curso es muy importante. Todo lo que suceda durante este trimestre influirá en el transcurso de vuestras vidas. No lo podéis controlar, pero sucederá. – Dijo el profesor Benson. – Ojalá que suceda. – Murmuró unos segundos más tarde como para él mismo. – De momento haremos lo mismo que otros días, dividíos por grupos.

Busqué con la mirada al grupo de los veteranos. Allí estaban, Anthony, Marc, George y Adam.

-¿No te hacen gracia esos pardillos, que todavía no lo han conseguido? – Preguntó Marc con un gesto de cabeza.

-No los llames pardillos. Ese es un término demasiado honorífico para ellos. – Repuso Anthony.

Bostecé. Siempre la misma historia. Ellos no tenían tanto mérito como creían, ya se habían transformado porque eran repetidores, allí el único rarito que se transformó antes de tiempo era yo.

-¿Qué tal? – Me preguntó George. Era el único amable.

-Como siempre. – Contesté. Sí, era majo, pero no le podía contar mi vida como a Colin.

Observamos un rato en silencio como el profesor les enseñaba a hacer otros ejercicios que potenciaran diferentes músculos. Él creía que así alguno saltaría y pasaría por fin.

-Bueno, hoy vais a hacer una muestra más pública de vuestra fuerza. Boxeo. – Dijo cuando acabó con los demás.

Genial, eso me divertiría un poco más que estar controlando mi fuerza todo el tiempo. Miré alrededor buscando los guantes.

-¿Qué buscas, Hall? – Preguntó Anthony.

-Los guantes.

-¿Para qué? No los vas a usar. – Dijo Marc. – Venga, empecemos de una vez. – Y empezó a dar pequeños saltos preparándose para la pelea.

Uh, uh. Pensé instintivamente. No me preocupaba que me hicieran daño, estaba seguro de que los podría esquivar fácilmente, aunque ellos eran más mayores que yo, yo llevaba años controlándome. Lo que no me gustaba en absoluto era ver la cara que pondría Colin. Y esta vez no quería usar mi fuerza mínima, quería ir a por todas, entrenar de verdad, como los otros.

-Primero Anthony y Adam. – Dijo George.

Suspiré aliviado, por lo menos no sería el primero en sorprender a los demás. Al momento los dos se pusieron uno en frente del otro. Marc contó hacia atrás desde tres. Vi como cambiaba el semblante de Adam. Anthony era el cabecilla de los cuatro, el más fuerte. Pero en ese momento el que más miedo daba era Adam. La verdad es que no sabía mucho de su personalidad, dado que nunca hablaba, no sabía si era agresivo o no. Pero en ese mismo momento tenía la misma cara que un Rottwailer a punto de romperte la yugular. Habría asegurado que le salía espuma por la boca, y no era a causa de un ataque epiléptico. Empezaron a pelear. Adam daba puñetazos muy fuertes, pero Anthony los conseguía esquivar en el último momento. En un momento dado Adam le propinó un gancho en plena mandíbula. Se oyó el crujido. Apreté los puños y crucé los brazos. ¿Por qué teníamos que hacer eso? Solo éramos adolescentes. En clase de gimnasia. Y que yo supiera si un inspector nos pillaba haciendo boxeo en un instituto…Solo porque no fuéramos humanos corrientes no teníamos porqué luchar. Adam estaba a punto de darle otro puñetazo cuando Anthony le golpeó en el estómago con todas sus fuerzas. Ni se movió. Adam solo permaneció parado unos segundos, aunque se veía claramente que Anthony no podía ni mantenerse en pie. Aguantaron unos minutos más y entonces Adam derribó a Anthony con un puñetazo en el estómago. Anthony fue directo a la pared. Se golpeo contra ella y un poco de sangre asomó desde su boca. Podría decir que me mareé, o que me dieron ganas de vomitar, pero mi cuerpo estaba sereno. Y no deseaba que mi anatomía estuviera preparada para ver eso, y mucho menos para soportarlo. No quería luchar. Pero debía hacerlo. Por conservar la poca dignidad que tenía.

-Henry, te toca. Con Marc. – Dijo George.

Nos situamos uno frente al otro. Las manos no me temblaban, pero deseé que lo hicieran. Miré a Marc. Tenía esa mirada. La típica mirada de “lo siento tío, pero vas a acabar sangrando en la enfermería”. Suspiré relajándome y liberando toda la tensión. Me coloqué en posición. En este caso fue George el que contó hasta tres, y justo cuando llegó al uno se oyó un potente grito. Los dos cerramos los ojos a causa del dolor. Nuestros sentidos estaban tan alerta que ese grito nos había taladrado y perforado por dentro. Estábamos desorientados así que miramos alrededor y descubrimos que el que había chillado era Colin. Estaba de rodillas en el suelo agarrándose el antebrazo como si se estuviera muriendo. Todo el mundo lo miraba con expectación. Quizás fuera la señal. El profesor se dirigió a él con cuidado y tras palparle el brazo repetidas veces proclamó con desgana:

-¡Es un tirón! Henry, acompáñalo a la enfermería.

Todo el mundo suspiró con desilusión. Yo también, pero me alegraba por no tener que combatir contra Marc. Aunque me sentía mal. Tendría que seguir sin compartir con Colin mis experiencias.  No es que no le pudiera contar todo lo que me pasaba, pero no era lo mismo. No le podía contar a la ligera que me convertía en un monstruo cuando a mi cuerpo le venía en gana. Él ya lo sabía, pero nunca hablábamos sobre eso. Tampoco es que le horrorizara, pues en su familia pasaba lo mismo, pero nunca hablábamos sobre eso. Él tampoco tenía curiosidad, algún día le llegaría su hora.

Todo el camino hacia la enfermería estuvimos en silencio. Él no decía nada porque estaba demasiado ocupado aferrándose a su antebrazo, y yo porque mi mente solo veía a Adam el Rottwailer. Llegamos a la puerta, di un suave golpecito y abrí. Había una vieja enfermera sentada leyendo un libro.

-Disculpe, a mi amigo le ha dado un tirón. – Dije a la vez que miraba por encima de su hombro. El libro era de medicina, por lo que no entendí nada.

-En el antebrazo, ¿verdad? – Respondió aún sin girarse. Levanté una ceja. ¿Cómo lo sabía? O tenía ojos en el cogote o era adivina. Cuando hubo acabado de leer la página, se levantó y fue directa hacia un armarito. Cogió un espray y tendió una mano hacia Colin. Él la miró con recelo, pero finalmente le tendió su brazo. Le extendió el líquido, guardó el bote y nos miró con concentración. Probablemente nos estaba escrutando para saber si era mentira lo del tirón.

-No arméis follón ni gritéis, estas cosas pasan, es el destino de cada uno. Y es muy natural. – Dijo con cara seria pero voz amable.

Colin y yo nos miramos extrañados. ¿El destino de cada uno es que le dé un tirón en el antebrazo? Y, ¿por qué íbamos a gritar? Esa mujer era muy rara, sentenciaba todo de una manera… Con un ademán nos indicó que habíamos pasado el test del polígrafo y que podíamos sentarnos en las camillas. Corrió una cortinilla y Colin y yo nos quedamos casi a solas. (No del todo ya que la enfermera podía oír nuestras conversaciones). Observé las paredes y miré decepcionado a Colin, ni una ventana, ni un mísero cuadro. Solo aburridas fotos de plantas de medicina. Ni siquiera había el típico cuadro con todos los universitarios de la promoción. Colin se miró el brazo, suspiró y se bajó la manga de la camiseta. Hacía bastante calor en una sala cerrada, y no entendí por qué Colin se bajó la manga. Yo llevaba una camiseta de manga corta y aún así me estaba asando. De pronto la enfermera descorrió la cortina y nos miró.

-¿Queréis que encienda el aire acondicionado? Ya empieza a ser verano. – Y nos mostró una sonrisa son arrugas en los laterales. La miré. Otra vez lo había adivinado. – Ya está cerca. – Dijo y miró a Colin con un brillo extraño en los ojos. Supuse que se refería al verano o algo así. Oímos el pitido que indicaba que nos íbamos a morir de frío y cerré los ojos. Nunca me habían gustado los aires acondicionados. Morir de calor no era una buena opción, pero lo prefería. En cuanto encendían el aire acondicionado estaba asegurado que iba a tener un catarro. Todo el mundo seguía sudando mientras yo me convertía lentamente en un cubito de hielo. Me tumbé en la camilla para ver si así no me llegaba tanto aire frío, pero fue inútil. Colin estaba embobado mirando un punto de la pared. Me pregunté si estaría enamorado y no me lo habría dicho.

-¿Qué tal con los veteranos? Todos hemos visto como Anthony quedaba hecho papilla.

Me senté en la cama. Colin seguía mirando a la pared. ¿Qué era eso que se percibía en su voz? ¿Era miedo? No podía ser. ¿Me estaba preguntando si iban a hacer lo mismo conmigo o si yo iba a machacar a alguien? Suspiré, posé las palmas de mis manos sobre mis ojos y me volví a tumbar en la camilla con los codos separados. Era Colin, joder. Se suponía que se lo podía contar todo.

-¿Quieres saber una cosa? Me alegro de que te haya dado el tirón. – Se giró y puso una cara extraña. Me apresuré a aclarar – No es que me alegre de que te duela, pero no quería pelear. Yo no quiero boxear con ellos, ¿sabes Colin? Soy un chico normal de diecisiete años y…si para medio mundo soy un monstruo…Yo… – Lo miré y noté los ojos húmedos. Torció la boca.

-Sabes, yo debería ser el que está a punto de ponerse melodramático. – Su sonrisa triste no hizo más que aumentar la agonía. Nos abrazamos y posé mi mano en el antebrazo que lo había dado el tirón. Noté algo raro. Colin también. Se subió la manga de la camiseta lentamente y su antebrazo quedó al descubierto. Con un pequeño cambio, tenía pelo, mucho pelo. Colin no era muy peludo. Nos miramos a los ojos con una mezcla de alegría, miedo y emoción. Le di un apretón en la otra mano. En ese momento la enfermera corrió la cortinilla y acompañó a Colin hasta conserjería. Se iría a casa para el gran momento.

Colin ya era uno de los nuestros.

 

uooooOOooo!!! Espero que os haya gustado!! El gran momento de Colin!! aahhh!!! Que pasara?? Como sera?? =)
Se que es un poco raro y misterioso, pero espero que lo averigueis todo por vuestro sexto sentido!! ^^
Gracias por leerlo!! Se os quiere gente!!

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