One Shot

Primer One Shot de mi vida… espero que os guste =)

En cuanto me acabé de comer el bollito, me empezó a doler la tripa. Pero era un dolor agradable y dulce, las mariposas en mi estómago revoloteaban libremente, alimentadas por la bollería industrial y las grasas saturadas.

Los nervios, desde luego, no ayudaban nada. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Por favor, si sólo era una cita. Sí, una dichosa cita. Pero era la cita. Esa cita que definiría el curso de mi vida, mi destino.

Estaba harta de ver como mis amigas salían con chicos, se lo pasaban bien, vivían historias de amor, mientras yo me quedaba en casa dando de comer a mis peces. Y ahora ya ni siquiera tenía peces, les había dado demasiada comida y habían muerto obesos.

Yo no quería que nadie más acabara herido por culpa de mi soledad, así que decidí ponerle remedio.

Y ahora estaba a punto de vomitar a causa de la perfecta solución que se me había ocurrido. Debía recordar que pasara lo que pasara, él era un chico normal, no tenía que estar TAN nerviosa. Pero lo estaba. Aún quedaba tiempo para que él acudiera a la cita, pero una de mis amigas me había dicho que para calmar la ansiedad, lo mejor era ir media hora antes al lugar de la cita.

Estaba caminando por el parque, tranquilamente (o eso era lo que quería aparentar), cuando me crucé con un chico que iba en monopatín. Él tenía la mirada fija en el suelo y ni me vio. Por suerte no me atropelló, pero se bajó y se sentó en un banco.

Espera. No, no, no se sentó en un banco, se sentó en banco. En el banco donde había quedado con el amigo del novio de … un momento, me he vuelto a hacer un lío. Bueno, lo que importaba era que Anabel lo conocía, y decía que era un buen chico.

Yo nunca había sido muy partidaria de las citas a ciegas, pero como habíamos quedado a las cinco de la tarde, a plena luz del día y en un parque donde se iba a celebrar una carrera dentro de poco, así que siempre se veía gente corriendo, entrenándose para el evento, decidí ir.

Miré el reloj, quedaban veinte minutos para las cinco. Intenté calmarme, en ese tiempo era perfectamente posible que aquel chico decidiera levantarse del banco.

Me senté dos bancos más allá, con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Aunque era verano se estaba bien ya que había mucha sombra.

Quise pasar desapercibida, que no se notara que estaba nerviosa, que tenía una cita.

Apenas podía distinguir la cara del skater que se había instalado como okupa en mi banco. El flequillo le tapaba los ojos, me pregunté cómo podía ver a través de esa cortinilla, pero entonces sacudió la cabeza y unos preciosos ojos marrones se posaron en los míos. Apreté los labios y aparté la mirada, corrompida por la vergüenza.

Cuando relajé otra vez los músculos y me sentí valiente, volví a mirar al chico skater que en sus ratos libres ejercía de okupa de bancos. Me lanzó una sonrisa inquieta y noté como una lucecita se encendió en mi interior.

La chica que le estaba devolviendo la sonrisa no podía ser yo, yo no era tan atrevida, pero sin embargo, allí estaba, plantada como una maceta, en aquel parque, en aquel banco que no era mí banco, sonriendo a aquel chico que no era “el chico”.

De pronto, como un balazo, mi yo realista tuvo que matar mi ilusión. ¿Y si justo ahora que estaba tan a gusto aparecía el tal Leo?

Mi cara cambió radicalmente. ¿Y si el tal Leo resultaba ser el tío más aburrido sobre la faz de la Tierra? Alguna razón habría para que estuviera solo, ¿no?

No sabía lo que hacía, pero comprobé el reloj y miré con recelo a ambos lados del camino. Eran las cinco en punto y no venía ningún chico de mi edad.

Suspiré y me senté en el borde del banco. Lo que suponía, el tal Leo no se iba a presentar. ¿Tan fea era, que él ya no quería saber nada de mí? Seguro que había venido, me había visto, se había asustado y se había largado.

Una brisa de aire fresco hizo que me sintiera aún más tonta y que quisiera llorar. Me crucé de brazos, sorbí los mocos y apoyé la espalda en el banco.

Como última voluntad, miré al chico del skate, pidiéndole piedad, que por favor se fuera y no me viera llorar.

Él pareció entenderlo, puesto que se levantó. No tuve el valor de verlo alejarse, encerrada en mi interior.

Oí como se acercaban unos pasos, pero ya era demasiado tarde, y estaba gastando mucha energía en contener las lágrimas.

-Me han dejado plantado, y a ti parece que también. Pero, aunque no lo hubieran hecho, creo que ya no podría vivir sin recordar tu sonrisa.

Levanté la vista, esperando encontrar una parejita, el chico declarándose a la chica, pero en vez de eso, el chico skater estaba a mi lado, mirándome.

-No sé por qué estás tan triste, pero creo que sea lo que sea, y sea quien sea, merece más la pena que el mundo contemple tu sonrisa.

Me sequé unas lágrimas que ya habían caído descontroladas por mis mejillas, quizás por la belleza de sus palabras, quizás porque se amontonaban demasiadas emociones en mi interior.

Me levanté del banco, me coloqué bien la falda y sonreí.
Él se puso en frente de mí y me extendió la mano para que se la estrechara a la vez que decía:

-Soy Leo.

Le di un abrazo y creí morir un poquito cuando me sentí tan cerca de él. Después de todo, Leo no tenía motivos para estar solo.

O quizás sí. Él debía encontrarme a mí.

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