Clover Lane.

…Cuenta una vieja leyenda que el 4 de julio un niño rubio de ojos azules fue abandonado en Clover Lane. Hay gente que asegura que el niño era huérfano, otros sin embargo dicen que su familia nunca lo quiso. Desde ese día permaneció sentado en la acera, apoyado contra una vieja casa abandonada. En sus ojos relucía un brillo extraño, y con cada noche de luna llena sus orejas se hacían más puntiagudas. Su sonrisa era amable, pero sus pequeños dientes torcidos reflejaban hambre. Al principio muchas mujeres del pueblo le ofrecían pan y queso cuando había sobrado en sus casas, pero a medida que los rasgos del chico se tornaban más traviesos, la gente dejó de acercarse a él. Pronto la vieja calle del trébol no era transitada por nadie, e incluso los niños daban un rodeo para no pasar por allí. Pero una noche, una joven humilde y de buen corazón no lo pudo resistir más. No le importaba si el pobre muchacho se parecía cada vez más a una criatura mágica que habita en los bosques. Que fuera un duende no le preocupaba, pero temía por su salud y su estado. Por eso aquella noche, con los perros aullando y la luna en su cenit, asomó por Clover Lane. Sin embargo no encontró al muchacho acurrucado en la calle. Se topó con una luz que surgía de un ser diminuto, bajito y regordete. Aquella extraña criatura parecía comunicarse con el muchacho, y la humilde joven sólo acertó a ver como ambos desaparecían en dirección al bosque, a las afueras del pueblo. Las gentes del lugar pensaron que tarde o temprano los perros hallarían muerto junto a algún árbol al muchacho, pero eso nunca sucedió. Nadie volvió a ver al chico rubio de ojos brillantes, sonrisa amable y orejas puntiagudas…

Cerré el cuaderno y alcé la vista hacia la placa de la calle. Clover Lane. Parecía mentira que hacía más de un siglo un niño pudiera haber estado sentado en el mismo lugar dónde estaba yo en ese instante. Oí unos pasos tranquilos y constantes acercándose desde la otra manzana. Una persona con la cabeza cubierta por el gorro de la sudadera caminaba en mi dirección. Cuando estuvo lo bastante cerca pude comprobar que era un chico. Él estaba perdido en sus pensamientos y no se percató de mi presencia hasta que estuvo a escasos metros de mí. Entonces sonrió y se quitó el gorro a pesar del frío.
-Vaya, es raro encontrarse a alguien por esta calle – dijo, y el vaho que producían sus palabras se perdió en el aire.
Sonreí al notar que ese “alguien” era yo.
-Sí, yo he venido a leer la vieja leyenda que tiene este lugar, pero ¿cuál es tu escusa?
-¿Vieja? Te sorprenderá saber que tiene menos de 10 años. – Por su acento pude comprobar que era Irlandés, lo más seguro es que fuera del pueblo. Me extrañó no haberlo visto nunca hasta ahora.
-¿Y eso cómo lo sabes? ¿A caso eres tú el que la inventó? – Él tenía las manos en los bolsillos, y con movimiento ágil se sentó a mi lado.
-No, pero esa leyenda se inspira en mí.
-¿Eres un duende? – Solté una carcajada y él también se rió.
-Técnicamente mi nombre es Patrick, pero si quieres puedes llamarme así.
-Yo soy Anna, y estoy dispuesta a descubrir por qué te crees tan importante en esta calle.
-No me lo creo, lo soy. ¿De verdad no sabes quién soy? ¿Mi cara no te suena de nada?

Lo miré por unos instantes, y salvo que era guapo, mi mente no supo pensar nada más.
-Ilumíname – le espeté.
-Las canciones You Shine Brighter Than The Sun y Catch My Intentions ¿no te dicen nada?

De repente una bombillita se encendió en mi cabeza.
-¡Tu eres Patt, el del pelo de escarola!
-Por favor, no vuelvas a decir eso, odiaba que me llamaran así.
-¡Te has cortado el pelo! Claro, por eso no te reconocía, te queda mucho mejor así. Pero, ¿por qué dejaste el grupo?
-Digamos que eso no era lo que yo quería hacer, las letras, los ritmos… todo estaba vacío y no significaba nada. No me sentía cómodo – sus ojos no se separaban del suelo y no era difícil adivinar que tampoco se sentía cómodo hablando del tema.
-Entonces, ¿por qué dices que la leyenda se inspira en ti?

Se hizo un largo silencio y temí que todo hubiera sido un farol.
-Cuando era pequeño la situación no era fácil. Mi padre adoraba la bebida. No había día que no lo vieras en el bar. Al principio mi madre lo toleraba, no le daba importancia a que llegara a casa a las tantas, y que ni siquiera nos reconociera a mis hermanos y a mí de lo borracho que iba. Pero un día mi madre explotó. Ya no pudo aguantar más su máscara de afecto y felicidad que mantenía cuando nosotros estábamos presentes. No recuerdo muy bien cómo empezó la pelea, pero mamá le chilló cosas horribles. Y él como siempre no respondió. No reaccionó. Se limitó a sentarse en el sillón y a murmurar algo. Que estaba cansado. Que estaba harto. Mamá dijo que pediría el divorcio.

-Vaya… yo… lo siento – acerté decir cuando se quedó callado.
-No lo sientas – dijo arqueando las cejas.
-¿Qué?
-Mi madre nunca pidió el divorcio. Le amenazaba con dejarle, le chillaba, le gritaba cada día… y mi padre nunca dijo nada. Parecía que con cada grito de mamá, con cada esfuerzo, él se marchitaba poco a poco. Pero ella nunca lo dejó. Podía ver como sufría, como lloraba cuando creía que nadie estaba en casa. Mi padre no la amaba, simplemente no quería morir solo.

Se quedó otra vez en silencio y yo me sentí tremendamente mal. Había visto muchísimas veces a la gente exagerar cosas, inventar historias… y a juzgar por su expresión y tono de voz, lo que me había dicho era verdad. Parecía como si jamás se lo hubiera contado a alguien y necesitara olvidarlo todo.
-Te preguntarás por qué te he soltado este rollo, ¿eh? – Medio sonrió y me pregunté por qué fingía que no le importaba lo que acababa de contarme. – Bueno, ¿qué niño de once años quiere estar en casa cuando sus padres se pelean? Ninguno, desde luego. Y yo no iba a ser menos. Mis hermanos eran todos mayores que yo, tenían sus vidas y sus problemas y casi no prestaban atención en casa. Pero yo necesitaba huir de aquella situación. Por eso me pasaba todo el tiempo posible aquí. Nunca ha sido una calle especialmente transitada.
-Así que tu eres el niño de la leyenda… ¿pero y eso de la desaparición?
-No se te escapa una… Me encantaba cantar, y lo hacía a todas horas. Todo el mundo me conocía por ello. Un buen día fui a buscar a mi papá a la taberna y un hombre que estaba de paso por el pueblo me pidió que le cantara algo. Lo hice y se quedó impresionado. En pocos minutos comenzó a llamar a gente y no sé cómo se las apañó para venir a mi casa e intentar convencer a mi madre de que debía llevarme a un concurso de la tele, que yo poseía un talento “inigualable” y que ganaría. Aún me pregunto por qué mamá aceptó. Supongo que pensaba que papá por una vez diría algo, se opondría… Sin embargo en pocas semanas había participado en más de cinco concursos. Y así permanecí, concurso tras concurso, premio tras premio hasta que cumplí trece años. Entonces volví aquí y me enteré de que la gente había inventado esa leyenda sobre mí. Siempre me han dicho que tengo las orejas puntiagudas, pero tanto como para tildarme de duende…
Ambos nos reímos.
-Entonces el elfo que se lleva al niño al bosque, ¿era el cazatalentos?
-Sí. Es increíble el efecto que causa un extranjero en un pueblo pequeño.
-Y después de unos años entraste en el grupo, ¿no?
-Correcto. Hasta hace unos meses.
-¿Piensas quedarte aquí o el mundo de la música te reclama?
-De momento me quedo, y espero que sea durante mucho tiempo. El mundillo de la fama está bien, pero es agotador. Nada se compara a estar entre las personas que te quieren y te conocen tal y como eres. Además, mi padre nos ha dicho a mi madre y a mí que va a intentar dejar la bebida después de tantos años.
-Me alegro. Sabes, cuando leía cosas sobre ti en las revistas te imaginaba de otra forma. Nunca hubiera dicho que tenías ese pasado, y mucho menos que una leyenda se inspira en ti. Tampoco sabía que habías nacido aquí.
-Todos tenemos cosas que ocultar, ¿no? Hasta que encontramos a una persona a la que se lo podemos contar todo.
-Sí. Y, ¿quién sabe? Quizás esa persona no tenga nada mejor que hacer que estar sentada en una calle solitaria de un pueblo perdido de Irlanda.
Los dos nos miramos y nos reimos.
Y supe que siempre se lo podría contar todo a ese chico rubio de ojos brillantes, sonrisa amable y orejas casi puntiagudas.
Supe que desde ese día Clover Lane sería uno de mis lugares favoritos en el mundo.

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Un comentario en “Clover Lane.

  1. Me ha gustado la fusión de géneros que has hecho en este relato. Pasas de lo fantástico a lo real, y aunque no has descrito nada sobrenatural, ese matiz persiste tras la explicación, porque aunque no tenga nada que ver con tu historia, siempre estuvo ahí. Es de lo mejorcito que te he leído. Enhorabuena.

    Saludos.

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