He breaks me.

Lo ha hecho otra vez. Ha vuelto a ocurrir.

Recuerdo que la semana pasada todo iba bien. Hablábamos, nos divertíamos, y, sí, de vez en cuando él hacía algún comentario subido de tono, me guiñaba un ojo… Pero yo era feliz. Me sonrojaba cuando él era demasiado lanzado, ambos sonreíamos… me confié. Le dejé saber mediante pequeños  gestos, que son más fuertes que las palabras, que él me importaba. Y yo le importaba también. Cada día que pasaba él estaba más atento, más pendiente de mí. Pensé que quizás, él sentiría lo mismo que yo sentía. Las mariposas en el estómago, las ganas de verle, de hablar con él cada día, la sensación de que el tiempo se detenía y que en este mundo sólo existíamos nosotros dos cuando nos mirábamos a los ojos. Pero parece que el aleteo alegre y juguetón de las mariposas se ha convertido en algo enfermizo. Ya no existen esos cosquilleos de emoción. Esos dulces sentimientos han muerto. Alguien los secuestró, los encerró en algún lugar lejano y los asesinó violentamente. Torturándolos. Sufriendo. Alargando el dolor. Desaparecieron sin dejar rastro. Ninguna pista, ningún mensaje que me dijera si podría volver a verlos. A encontrarme con esos sentimientos. Me pregunto si volveré a sentir esas agradables sensaciones, porque ahora lo que más me duele es el no poder sentir nada. Creo que no podré. Me falta algo. Y él me lo ha quitado. Quizás es la inocencia, quizás es la confianza. Puede que esté rota, no estoy segura. Sólo sé que la persona que veo reflejada en el espejo no soy yo. No me gusta. Y los demás parecen notarlo. Yo antes solía sonreír mucho. Reírme. Cantar y hablar sin parar. Ahora no me reconozco. Apenas logro vivir un poco. Ya no sé qué excusas inventarme para convencer a mis amigos de que no me pasa nada. No les gusta verme así, se preocupan por mí. Quiero volver a ser yo, la que era antes. Pero siento que no puedo. Espero que esto no dure por mucho tiempo.

Aún puedo recordar el momento exacto en el que me rompió el corazón. Y lo peor es que lo tenía planeado. Esperó pacientemente hasta que bajé la guardia. Y entonces atacó. Directo a la yugular y sin rodeos, pero con discreción. Con sutileza y delicadeza, con despreocupación. Sabía lo que hacía. Y era un maestro en eso. La acercó lentamente hacia él y la besó delante de mí. Después se sentaron juntos y ella apoyó la cabeza sobre el hombro de él. ¿Qué puedo decir? Hubiera preferido ver mi vida entera pasar delante de mis ojos. La imagen que mostraban era tan perfecta. Los dos, guapos y populares, acurrucados en el banco. Daban ganas de llorar de lo bonito que era. Estaban hechos el uno para el otro. El cuento de hadas, el príncipe azul, era real. Pero no mío. Él había escogido a la otra. Pero lo podría haber hecho de otra forma. El chico ideal no era tan bueno como parecía. Tenía la sonrisa de un triunfador. Del ganador que consigue el trofeo. Lástima que lo hubiera conseguido con mentiras y engaños. Con traiciones. Pero, ¿a caso importaba? ¿Quién iba a fijarse en la pobre ilusa de turno que había caído en las redes del conquistador? Nadie podía oponerse a sus armas de seducción, y yo había decidido que ni siquiera quería resistirme. Pero lo que realmente me mata es que esta es la segunda vez que me rompe el corazón el mismo chico. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Yo lo he comprobado en mi propia piel. Confié en él, le abrí mi corazón, y cuando lo necesitaba, él me ignoró. Más tarde él continuó con el juego. Volvió a interesarse, a jugar con mis sentimientos, y yo caí como una tonta, me enamoré de él. Lo acepté tal y como era, con sus defectos y sus cosas buenas. Pero él volvió a traicionarme. Siempre espera hasta poder controlar totalmente mi corazón, hasta que pienso que no tengo por qué sentir miedo. Y entonces me destroza. Al fin y al cabo eso es lo que hace el depredador con su presa. Lo utiliza, se aprovecha todo lo que puede de él, y finalmente lo descuartiza.

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