“FeO”

Desde pequeños nos enseñan lo que es feo y lo que es bonito. Aprendemos a reconocerlo, a decirlo, a gritarselo a los demás.

Sin apenas darnos cuenta, los valores de la sociedad en la que vivimos se nos meten en la cabeza, y se apropian de nuestro cerebro. “Haz esto”, “No hagas aquello”, consejos sobre como encajar, como pertenecer al grupo. Podemos elegir como comportarnos, pero no podemos elegir como somos, y eso es precisamente lo que primero vemos de cada persona, eso es lo que capta nuestra atención, en lo que nos fijamos antes si quiera de empezar una conversación.

Guapo, fea, son simples palabras que designan realidades. O deberían serlo, pero son más que eso. Son sentimientos, alegría, vergüenza, lagrimas y algún que otro corazón roto. Por cada persona que nos llama “guapa/o” hay otras diez que nos han hecho sentir un bicho raro. ¿Y todo por qué? Por sentirse mejores. Pero llamar a alguien feo o rarito no te convierte automáticamente en algo mejor. Eso te convierte en una persona débil y repugnante que necesita destrozar a otras personas para sentir que es algo, que hace algo en esta vida.

Lo que toda esa gente no sabe es que por cada insulto, por cada burla, ganamos fuerza. Tarde o temprano, confianza. Lástima que nos hagamos fuertes a base de destruir a otros seres humanos, porque todos, aunque fuera sin querer, siendo niños, diciendo la verdad, sin pensar que había alguien que podía escucharnos, hemos herido a alguien. Condenándole, encasillándole, poniéndole una etiqueta y apartándolo de los demás.

No hay feos, solo monóxidos de hierro y gente que no sabe apreciar la belleza de una sonrisa, una mirada, un latido.

Basta ya de juzgar, de criticar, de rechazar. Nadie es perfecto, y sin embargo, cuando te paras a conocer a una persona al final te parece perfecta. Porque los ojos no pueden ver lo que el corazón ve, y lo necesitamos. Las apariencias son sólo una parte de la realidad, pero los sentimientos y sensaciones lo llenan todo. Un segundo, y la perspectiva desde la que estabas viendo el mundo cambia. No hay que separarse de la gente y mirarla como si fuera algo distinto de nosotros. Estamos hechos para compartir la vida con alguien más.

Porque estamos vivos y merecemos ser felices.

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