Library pictures: the memories

Me asomé por una de las puertas laterales y observé la pequeña sala. Había bastante gente, todas las sillas estaban ocupadas y algunas personas tenían que estar de pie. Inspiré profundamente, intentando calmar mis nervios. Pero no sirvió de nada. Me volví a meter a la salita en la que estaba. Cogí el vaso de cristal de la mesa de madera y bebí un sorbo. Entonces me llevé la mano derecha a la frente. Estaba ardiendo. No podía hacerlo. No podía salir y presentar mi libro delante de… ¿20? ¿50 personas? Eso era demasiado. Aunque la verdad es que en el fondo no importaba cuanta gente hubiera. Podía cagarla tan sólo con que hubiera 3 personas. Inspiré profundamente varias veces, intentando relajarme un poco. Pero en vez de conseguir calmar mis nervios, temí desmayarme al hiperventilar.

“Venga, que tú puedes. Esa gente está aquí porque les ha gustado tu libro. No hay nada de que asustarse”, me dije a mí misma. Pero no me creía mis propias palabras.

-Julia, dentro de cinco minutos te toca salir. – Me dijo mi editor, abriendo la puerta del pequeño cuartito. – Hago una pequeña introducción y después comentas tú lo que veas oportuno acerca del libro, como ya habíamos hablado.

Suspiré, intenté sonreir, y asentí. Claro que me acordaba de lo que habíamos hablado, a decir verdad tenía grabado en mi mente lo que iba a decir, si es que me salía la voz.

Cuando mi editor salió por la puerta saqué un pequeño espejito del bolso que había apoyado en la silla y me miré la cara. Estaba más blanca que el papel, y sin necesidad de maquillaje. Sin embargo sabía perfectamente que en cuanto saliera de ese cuarto y me sentara en frente de tantas personas, me pondría roja como un tomate.

“En el fondo no han cambiado tantas cosas, sigo siendo la misma de siempre, sólo que con un libro en las estanterías de las tiendas”.

Mi editor entró en la sala y me hizo un gesto con la mano para indicarme que debía salir. Cerré los ojos, me puse recta y me toqué la muñeca instintivamente para notar la pulsera. Aquella pulsera que me traía tanto buenos como malos recuerdos. “Pero ahora no es el momento Julia. Deja atrás el pasado. Este es tu presente y nadie te lo va a quitar.”

Salí del cuarto y me dirigí hacia la mesa, mirando de reojo al público. Estos aplaudieron cuando me hube sentado y el editor hizo la prueba del micro. Sonreí al ver a mis padres y mis amigas en la primera fila. Aunque tampoco sabía si su presencia me daba más confianza o no.

No le presté mucha importancia a las palabras exactas que emitían los altavoces, porque había visto a mi editor diciendo los mimos discursos con varios libros, y hace tiempo que me había percatado de que toda la emoción que ponía en presentar a los nuevos escritores era totalmente falsa.

Siempre me había imaginado que este mundillo era más… agradecido. Pero no. Da igual tu estilo. Dan igual tus novelas. Da igual tu cara. Si en tus ojos no se reflejan millones, no vales nada. Había visto crear discursos de la nada. Llenarlos con adjetivos pomposos, como si de un concurso se tratase. Hablan como si lo supieran todo de nosotros, cuando en realidad no saben nada. Lo que sí saben es que firmaste un papel, y ahora estás en su poder.

Entonces miré a una chica de unos 14 años, que estaba de pie a un lado de la sala. Tenía una expresión neutra, y alzó un poco la mirada al darse cuenta de que la estaba mirando. Sujetaba con firmeza un ejemplar de mi libro, y escuchaba atenta todo lo que salía de la boca del hombre que tenía al lado. Todas las mentiras se iban introduciendo poco a poco en su cerebro. Las palabras iban cobrando sentido, y ella las dotaba de algún valor. Qué distinto se veía todo desde donde ella estaba.

Miré la superficie lisa de la mesa gris que estaba delante de mí. Esperaba que al menos una pequeña parte del mensaje que me había esforzado en imprimir en el libro se transmitiera a la gente. Los sueños son para perseguirlos, para cumplirlos. Para nunca dejarlos escapar…

-Y ahora, sin más delación, os dejo con la razón de que hoy estemos todos aquí. – Concluyó mi editor, y mirándome, me pasó el micrófono.

Cogí aire, me aclaré la voz y miré al publico. A mi publico.

-Buenas tardes a todos y a todas. Os agradezco que hayáis venido a la presentación de mi primer libro, “Historias entre libros”. 

Ya no estaba nerviosa, era como si todo lo que había vivido me hubiera dirigido hacia ese momento. Hice una pequeña pausa, y continué hablando acerca del libro, del argumento, de como cada historia se refleja en las personas de forma diferente. No estuve hablando mucho rato porque necesitábamos tiempo para las preguntas. Le cedí el micrófono a mi editor para que abriera la ronda de preguntas y después volví a recuperar el micro. Me preguntaron lo típico, desde cuando llevaba escribiendo, si pensaba publicar otro libro – cosa que no dependía de mí, si no de que a la editorial le gustara lo que yo escribía – y detalles acerca de los personajes. Pero notaba que faltaba algo.

Entonces alguien de entre la multitud levantó la mano.

-¿Te sigues inspirando en la realidad para escribir?

Contuve el aliento mientras para mí, el tiempo se paró por unos segundos. Allí, en medio de la gente, estaba un chico. No solo un chico, era él.

-Bueno… – dije para ganar unos segundos, inclinándome hacia el micrófono. – La verdad es que sí.

Era una respuesta concisa, sin rodeos, sin excusas. Y sabía que nadie más aparte de nosotros captaría su verdadero significado.

Odiaba las firmas de libros. No es que no me gustaran, pero un garabato no se comparaba a la tranquilidad de poder hablar con una persona y hacerle una dedicatoria personalizada. Cuando estaba firmando los libros miraba a cada rato por el rabillo del ojo hacia el final de la fila. No sabría que hacer si él también se acercaba a que le firmara el libro.

Pero no se acercó. Temí que se hubiera ido, que hubiera visto u oído algo que no le hubiera gustado. Que le hubiera decepcionado. Cuando todo el mundo se fue ayudé un poco a recoger los carteles, había quedado con mis amigas y mis padres en un restaurante cerca de la librería.

-Estás cambiada. – Oí que decía una voz a mi derecha. Dejé los ejemplares un momento apoyados en una mesa y me giré.

-Lucas… – dije, mirando su pelo negro despeinado, sus ojos verdes llenos de mil tonos que jamás podría describir. – ¿A qué te refieres?

-No sé. Eres Julia, pero… a la vez no. – No podía con esa imagen. No podía verle a escasos centímetros de mí, después de tanto tiempo. Extraños sentimientos empezaban a surgir en mi interior. – Quizás es que estás más morena.

Sonreí. Que torpes estábamos, parecíamos dos niños pequeños.

-¿Qué haces aquí? – No pude reprimir mi sorpresa. Él estaba en Alemania, estudiando. Su último año, según mis cálculos.

-No me dijiste que habías publicado un libro. Ni siquiera me dijiste que habías escrito…

No me gustaba eso. No me gustaba el tono de su voz, culpándome. Me retiré el pelo de las orejas, tapándome un poco más la cara.

-La pulsera. – Dijo Lucas, y yo me bajé la manga de la camiseta, cubriéndola. – Aún la llevas.

-Sí…

Se hizo un silencio incómodo y me pareció volver a aquel día, sola en mi cuarto, con el móvil todavía en la mano.

-No me llamaste. – Dijo acusándome.

-Me rompiste el corazón.

De nuevo miradas angustiadas, corazones tristes, palabras confundidas.

-Intenté no hacerlo. Pero tú…

-Lo acepté. Quería dejarte vivir tu vida. Era obvio que estabas mejor sin mi. – Le solté. Estaba harta de todo este rollo. ¿Para que había venido? ¿Para que había vuelto? ¿Para joderme la vida otra vez?

-No sé ni como pudiste llegar a pensar eso. Nos destrozaste a los dos.

Suspiré. Los recuerdos, los sentimientos empezaron a brotar de nuevo. Y no me gustaba nada. Habían pasado tres años. ¿Es que no había conocido a una alemana mejor que yo o qué? Porque no era difícil.

-Oye… Mira, ha pasado mucho tiempo… si quieres quedamos un día para hablar – le dije, porque aunque esperaba que me dijera que no, no podía permanecer mucho más tiempo delante de él.

-No. No quiero dejar pasar tiempo, no quiero ver la oportunidad de mi vida pasar delante de mis ojos. Te he echado muchísimo de menos. – Dijo, y me pareció ver que sus ojos se volvían un poco más fríos.

Me aclaré la voz, mirando al suelo. ¿Qué estaba ocurriendo?

-No te creo. No sientes eso. No es verdad. Al verme, te has acordado de todo pero… tú no…

-Pero tú no sabes nada. No estás dentro de mi cabeza, ¿vale? Y si te digo que durante todos estos meses, estos años, yo… he estado pensando en tí… probablemente no me creerás, pero es la verdad.

-¿Cómo puedes decir eso? Solo… solo eramos dos críos, dos adolescentes que no sabían que significaba realmente la palabra amor. Era una tontería… desde el primer segundo que pensamos que quizás saldría bien. – Notaba como todo lo que estaba guardado en mi interior iba saliendo poco a poco.

-No te pido que me perdones, tan solo te pido que me des una segunda oportunidad. – Se acercó lentamente a la mesa y rozó levemente la portada de uno de los libros con la llema de los dedos. – Déjame volver a enamorarte.

Y entonces me di cuenta de que yo seguía siendo la misma chica de 16 años que miraba admirada sus ojos. Aquellos preciosos ojos que, arrepentidos, me miraban ilusionados ante la esperanza de compartir cada día conmigo.

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