Mr. Winter

Cerré la puerta de la calle y vi el vaho que producía mi aliento al entrar en contacto con el gélido aire de otoño. Bajé las escaleras dando pequeños saltitos y cuando llegué al último escalón miré las escaleras de la casa de la izquierda.

No lo podía ver, pero sentía que estaba allí, detrás de la columna, apoyado en la pared.

Con unos cuantos pasos llegué a la entrada de su casa, y solo entonces se giró. Me miró con la misma expresión neutra de siempre y bajó las escaleras hasta ponerse a mi lado.

Como de costumbre, no me saludó. Simplemente echó a andar, y yo no pude contener una sonrisa juguetona, asomando entre mis labios.

Me resultaba tan extraño y distante, jamás había conocido a nadie como él, y sin embargo había algo único que sólo él poseía.

Fuimos andando hasta el instituto, entre árboles y hojas secas que no se sabía muy bien de dónde salían, ya que hacía semanas que los árboles habían perdido hasta la última gota de vida.

Era muy callado, y por más que lo intentaba con cualquier tema posible, a penas lograba arrancarle más que un par de palabras. Lo comprendía, era el último año de instituto, con demasiada presión, y él aún debía sentirse el chico nuevo que no encajaba entre los demás.

Tenía talento, vaya que si lo tenía. Verlo dibujar era todo un espectáculo. Era como si realmente no estuviera allí, como si formara parte de un universo paralelo, y precisamente ese don que poseía lo alejaba de los demás.

Estudiaba ciencias y sin embargo la rapidez, precisión, naturalidad de los trazos del lápiz sobre el papel dejaban sin aliento.

Quizás ese era el motivo por el cual era rarito para los otros, quizás en el fondo le tenían miedo. Tenían miedo de la belleza que era capaz de captar y plasmar en unos segundos.

“¿En qué piensas?”, su voz me llegó junto al gélido viento y se clavó en mi piel.

Lo miré con cierto aire de inocencia hasta que conseguí reaccionar. Que me hablara por propia voluntad era nuevo para mí. Sonreí a la vez que fruncía ligeramente el entrecejo a causa del sol que hería mis ojos. “¿Por qué lo preguntas?”, inquirí, acercándome un poco más a él al andar, intentando que no guardara las distancias.

“No has dicho <<en nada>>”, me dijo mirándome de reojo, sin girar la cabeza. Él tenía esa manía, casi nunca me miraba a los ojos, y yo a veces especulaba en mi mente, imaginando que era porque no quería que viera el fondo de su alma.

“Bueno, no me gustan las mentiras”, respondí estremeciéndome ligeramente. <<Mentiras…suenan como palabras vacías que al caer producen un extraño eco. ¿Pero cómo puede hacer ruido algo vacío de sentimientos? Quizás en el fondo todo está hueco, hay silencio. El silencio es frío, hace daño, y construye muros de cristal entre las personas.>> esos pensamientos resonaban en mi mente como pequeños secretos que jamás podría expresar a nadie.

“Al pronunciarlas hay como un eco lejano que te separa de la otra persona”, susurró.

Me paré en seco y noté el ritmo nervioso de mi corazón en mi oído. Él continúo andando unos pasos hasta que sintió que yo no lo seguía. Entonces se giró, con las manos en los bolsillos de su chaqueta. Me contempló durante un rato sin moverse, y me pregunté cómo era posible que la distancia que nos separaba también nos uniera.

Parpadeé un par de veces y le alcancé con unos pasos presurosos acompañados de un pequeño salto. En cuanto me hube puesto a su altura echó a andar, y no pude evitar sentirme ignorada. Era como si mi presencia, si mi sola existencia… le resultara insultante, molesta… yo era menos importante que el aire, invisible para su complicada mente.

Permanecimos el resto del camino hasta el instituto callados, y cuando otros estudiantes nos rodearon una vez dentro del centro, lo perdí de vista. No hacíamos el mismo bachillerato por lo que apenas coincidíamos en alguna asignatura, y no pude decirle que me esperara para volver al final del día juntos a casa.

Probablemente todo el esfuerzo que yo estaba haciendo para ser amiga suya era una completa pérdida de tiempo, pero había algo en él, algo distinto a los demás, un no sé qué que me intrigaba y me instaba a abrir su corazón.

Aunque fuera una de las pocas cosas que fuera a hacer en mi vida, quería sentir que había logrado eliminar la soledad del brillo de sus ojos.

Amaneció un nuevo día y descorrí las cortinas, dejándome iluminar por la luz de fuera. Cuando abrí la puerta de la calle, con una sombra de frustración y agotamiento en todo mi cuerpo, me sorprendió verlo precisamente a él sentado en las escaleras de casa, calentándose las manos con largos soplos de aliento.

“Eddie”, musité con las llaves en la mano.

El sonido de mis palabras le hizo levantarse de golpe. Me dirigió una mirada avergonzada a la vez que una tímida sonrisa escapaba de sus labios. Sin darme tiempo a preguntarle qué hacía allí en vez de esperar en su puerta, bajó los escalones y se plantó en la acera. Cerré la puerta con llave y me uní a él para recorrer el camino hacia el instituto juntos, como tantos otros días desde que descubrí que vivía en uno de los edificios contiguos a mi casa.

“Me has llamado Eddie…¿por qué?”, su inquieta curiosidad rompió el silencio que tan bien se había asentado entre nosotros.
Recapacité unos instantes, recordando la escena.

“No lo sé, ¿te molesta?”, pregunté encogiendo ligeramente los hombros.

“No, no, me gusta más que Edgar”, dijo con una nota de miedo en la voz.

Sonreí. <<Puede que no sea alérgico a las muestras de afecto después de todo>>.

“¿Qué quieres estudiar?”, de nuevo intenté como una ilusa seguir la conversación, aunque tan solo fuera durante unos segundos más.
Suspiró, creando un soplo de vaho delante de su cara, y después me miró a los ojos. Supe que no lo sabía.

“Entonces…¿por qué ciencias y no artes? Cuando dibujas… el aire se transforma, no sé cómo explicarlo”, titubeé, sintiéndome tonta por no encontrar las palabras adecuadas.

“Desde pequeño me enseñaron que siempre debía esconder mis gustos, que no debía destacar”.

“Pero tienes un talento que debe ser descubierto, mereces que el mundo lo sepa”, insistí, casi implorando que se dejara conocer por los demás.

“No puedo”, arrastró las palabras, hundiendo las cejas y apartando la mirada.

Algo desconocido atravesó mi alma y me bajé las mangas de la sudadera hasta cubrir mis manos por completo. No sabía si era a causa del frío del invierno que se acercaba, o de los oscuros recuerdos que me pareció percibir en su mirada.

Al día siguiente su madre me recibió y me dijo que Eddie estaba enfermo.

“Espero que se recupere pronto, dele recuerdos a su marido, gracias señora Bushnell”, dije a punto de marcharme.

“El padre de Edgar y yo estamos divorciados, hace mucho que ya no vive con nosotros, ¿nunca te lo ha dicho?”.

“No”, <<la verdad es que no me cuenta casi nada>>, añadí en mi mente.

“Vaya, verás, nuestra separación le afectó mucho y en el colegio… lo pasó bastante mal”, dijo acariciándose un brazo, intentando reconfortarse. “Se buena con él, ¿vale?”.

“Claro que sí, señora Bushne…quiero decir…”.

“Me puedes llamar Susie”.

Nos despedimos y temí haber hecho algo mal el día anterior.

Al cabo de tres días seguía yendo sola al instituto, y aunque él no era muy hablador, echaba de menos su presencia durante todo el camino.
Estaba hablando con una de mis amigas en el pasillo de clase cuando de repente alguien me dio unos golpecitos suaves en la espalda. Me giré y lo vi, sonriéndome.

“Eddie”, mi rostro se iluminó, mi voz estaba inundada de alegría.

“Tengo un regalo para ti”.

Como una niña pequeña comencé a buscar algo en sus manos, a su alrededor. El negó con la cabeza, divertido.

“Te lo daré cuando volvamos a casa”.

No veía la hora de que tocara el timbre y por fin nos fuéramos. Quería llegar a casa cuanto antes, saber que era lo que Eddie tenía para mí. Por una vez tenía interés por mí.

El camino que tantas veces había recorrido con él, de repente parecía diferente. Su voz lo llenaba todo de color y por muy insignificantes que fueran las estupideces que yo decía, él me contestaba, me escuchaba… llegué a cuestionarme seriamente si de verdad se había recuperado o aún tenía fiebre.
Al fin llegamos a aquellas escaleras, al resguardo de mi portal. Me coloqué de espaldas a la puerta, frente a él, esperando pacientemente.

“He sido buena, quiero mi regalo”, dije poniendo voz de niña.

Él sonrió y bajó la mirada. Por un momento se me pasó por la cabeza la idea de que él me besara, y no me disgustó a pesar de no creer en ello.

Eddie buscó algo en su mochila y sacó un sobre de tamaño folio. Me lo dio e inmediatamente quise abrirlo, pero él me detuvo.

“Espera a que me haya ido, no lo abras aquí y ahora”, rió. <<Como en las películas>>.

Él se alejó un poco y después de mirarme una vez más, empezó a andar. Yo subí un escalón, pero algo no me permitía continuar.

“¡Eddie!”, alcé la voz, apoyada en la repisa del pequeño muro que cerraba los edificios. Él volvió la cabeza, y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

“Quiero abrirlo contigo”, dije expectante. Él sonrió y volvió sobre sus pasos, a donde yo estaba.
Nos sentamos en el frío suelo de mármol apoyados contra el muro, cerca de la puerta.

Abrí el sobre con cuidado de no rajar el papel y saqué una cartulina con un folio pegado a ella. Mis dedos acariciaron los bordes del papel, a la vez que tragaba saliva y mi mente se perdía en un lugar conocido. Sonreí, adquiriendo mis mejillas un ligero tono rosado. Éramos nosotros, en nuestra calle. Las hojas de los árboles, nuestras sombras, más cercanas que el contorno de nuestros cuerpos. Los trazos de los lápices de colores a lo largo del dibujo, sobre la textura del papel. Naranja, verde, negro.

“¿Te gusta?”, me preguntó, posando una mano en mi rodilla.

Lo miré, sin poder articular palabra alguna. El color miel de sus ojos me transmitió toda la calidez de su corazón.

“Es precioso”. Me acerqué un poco más a él para sentir el contacto de su brazo contra el mío.

“¿Tienes frío?”, me preguntó preocupado.

“No si estoy contigo”. No era la única que estaba empezando a adquirir un color rojizo.

“¿Sabes una cosa? Hace no mucho tiempo, antes de cambiarme de instituto, pensaba que me iba a quedar solo para siempre. Era distinto de los otros chicos, y cuando mis padres se separaron… empezaron las burlas, los insultos. Cada día rompían un pedacito más de mi corazón, me repetían cosas horribles que yo me creía. Llegaron a decirme que la culpa de que mi padre no quisiera saber nada más de mi madre era mía. Pensé que me iba a volver loco. Y entonces llegaste tú, con tus detalles, tus pequeños gestos insignificantes, y conseguiste encender las luces que otros apagaron. Por eso me alejaba de ti, aunque parezca una tontería. Porque tenía miedo de todo lo que me haces sentir.”

Estreché su mano con la mía y lo miré a los ojos.

“Eres muchísimo mejor de lo que tú piensas, y por eso, aunque no lo creas, eres especial. Tienes algo que mucha gente querría, valor. Valor para seguir adelante, ser fuerte, y conservar tus sueños. Eddie, nunca pensé que podría tener a alguien así en mi vida, y ahora que te he encontrado, ya no sé qué haría sin ti. Cuando no estás alrededor… siento que me falta una parte de mi misma. A pesar de todo lo que has pasado, has sido fiel a ti mismo, todo lo malo, lo que has vivido, y también las cosas buenas te han hecho ser como eres, ser tú, y no te cambiaría por nada”.

Y desde entonces he cumplido mi promesa, compartiendo con él la belleza de cada momento.

Anuncios

2 comentarios en “Mr. Winter

  1. Me ha gustado mucho, muchísimo. Ojalá todas las historias de amor fueran tan hermosas como esta… Pero hoy en día, no prima el romanticismo y es una verdadera lástima.

    Me gusta

Y tú, ¿qué piensas?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s