Underground

Bajé corriendo las escaleras, rodeado por un montón de gente. Personas que iban y venían, que se dispersaban por las numerosas líneas de metro. Llegué a la línea amarilla, desdibujada, comida por el olvido, casi borrada. Palpé el móvil y los cascos, en el bolsillo de mi chaqueta gris. Sentí calor en la cara, a causa de la atmósfera del andén del metro. Aquel sonido, tenue al principio, pero que poco a poco se iba acercando, me producía una sensación de vacío. Desamparo. Quizás a causa de algún recuerdo lejano, perdido en mi mente.

Se abrieron las puertas del metro, y como cada día desde hacía cuatro meses, avancé unos pasos, nada más. Eso era lo único que hacía falta para alcanzar el interior de aquel tubo. Tan sólo unos metros hacían que estuvieras parado, en tierra firme, o que te movieras a gran velocidad. Esas cosas eran las que me desconcertaban a veces. La rapidez, el actuar de forma automática, el ritmo de las grandes ciudades, realmente se diferenciaban poco de los detalles, de la tranquilidad. Poner el corazón en las cosas, en ocasiones era más difícil que simplemente dejarte llevar, arrastrado por la multitud. La originalidad estaba infravalorada, se limitaba a un copia y pega.

Me senté, agradecido por haber encontrado un sitio libre, y mirando al frente me pregunté la razón de aquellas ventanas. No se veía nada, solo negro, ¿por qué aquella necesidad de contemplar la oscuridad? Tal vez eso ayudara en algo a los claustrofóbicos. Desenrollé mis cascos, empleando un buen rato en deshacer los nudos. Siempre me preguntaba cómo demonios se podían cruzar los cables de aquellas maneras. Debían de cobrar vida propia en la penumbra de los bolsillos, cuando nadie los veía. Desbloqueé la pantalla del móvil y pulsé el botón de play.

La vida sin música no tendría sentido. Sin arte, sin expresar todo lo que llevamos dentro, sin darnos cuenta de la belleza que somos capaces de crear, nada merecería la pena. No todo es tristeza, no todo es violencia y destrucción. Pero desgraciadamente se oyen más fuerte los golpes, los gritos, que la risa o las melodías que inventa nuestra mente inesperadamente.

Me levanté al llegar a mi estación. Salí a la superficie de la calle y respiré el aire fresco, frío, para después expulsar todo el aire que contenían mis pulmones. El vaho humedecía mi cara, y compartía miradas con extraños a los que probablemente jamás volvería a ver. Ninguna cara conocida, ni una sonrisa amable. En mis mañanas no había nadie que me dijera “Que alegría verte, ¿qué tal estás?”. No me conocían, yo tampoco a ellos. Era todo tan despersonalizado, que echaba de menos el poder compartir un silencio con alguien. Pero no un silencio incómodo, de esos estaba ya harto. Me refiero a uno de esos silencios en los que a pesar de no estar diciendo nada, sabes perfectamente lo que está pensando la otra persona. Silencios que unen, silencios de miradas cómplices.

Entré en ese recinto cerrado, el edificio que imponía, que destacaba entre los demás. Las palabras que oía carecían de significado alguno, porque notaba que las proferían por cortesía, por aparentar. La falsedad formaba una capa gruesa, imposible de penetrar. Y lo que había debajo permanecía escondido. Sonrisas que escondían odio, indiferencia que tapaba sentimientos demasiado profundos.

Caminaba sobre la moqueta azul, pasando entre los cubículos, las mesas, los tablones llenos de post-it. Al llegar a mi mesa, me despojé del abrigo y de la bandolera de tela marrón. Me senté en aquella silla que se me quedaba demasiado pequeña y encendí el ordenador. La misma página en blanco de siempre. Con el cursor parpadeando, riéndose de mí. Cada segundo que pasaba, cada vez que aparecía y desaparecía aquella fina línea negra, me exasperaba un poco más. Las yemas de mis dedos golpeaban la mesa, en lugar del teclado. Cerré los ojos y me llevé las manos a la cara.

¿Pero qué me estaba pasando? Escribir era mi mundo. Incluso me pagaban por ello, ese era mi trabajo, escribir una columna en un periódico de la gran ciudad, el sueño de millones de personas. El problema era que no podía escribir lo que yo quería, lo que sentía, lo que me salía del alma. Me pagaban para escribir lo que ellos querían que escribiera. Si mis artículos no se ajustaban a su plantilla, los desechaban. Los tiraban a la basura sin ningún miramiento, sin pararse a reflexionar sobre su valor. Estaba harto de ser esclavo de sus normas, de sus temas, de sus palabras.

Podría dejar el trabajo, nadie me lo impedía. Pero eso era mejor que seguir siendo un desconocido para el mundo. Solté una carcajada. Pero si seguía siendo un desconocido, alguien sin importancia. Una tenue sombra en la superficie de la tierra, que soñaba con alcanzar las estrellas.

Me levanté de la silla, imposible de arrastrar por el suelo por culpa de la maldita antihigiénica moqueta. Me acerqué a la ventana y contemplé la calle. Personas, historias, momentos, escenas. Y entonces, surgió. Una idea, después un tema de apoyo. La historia vino sola, como de costumbre. Al menos, nunca criticaban mis escritos literarios. Podía inventarme cualquier cosa, siempre y cuando fuera una historia. Jamás me permitían incluir opiniones, a no ser, claro, que fueran afines a su ideología.

Al salir del trabajo, me fijé en el cielo. La contaminación lumínica no permitía ver los destellos de las estrellas, era como si estuviéramos solos en el universo, sin un ápice de luz, de esperanza. Una vez en el metro, mi mente continuaba activa, imaginando vidas, creando pasados, adivinando los pensamientos de la gente a mi alrededor. Se podría decir que era como una manía, una adicción. Algunos lo llamaban don, yo creía que realmente no quería contemplar la frialdad del mundo. Por eso necesitaba escribir, para convencerme de que este mundo no es tan malo. No puede ser tan malo.

Miré el buzón del apartamento, una carta de mi familia. Sonreí. Sabía que lo hacían por mí, porque me gusta más recibir una carta. El papel, el sobre, la letra ilegible, con personalidad. Los e-mails serían mil veces más rápidos, pero nada se comparaba a la sensación de cariño que te transmitía el recibir una carta. Subí por las escaleras sin prisa, sintiendo cada escalón en mis riñones, deseando llegar arriba, abrir la puerta y tumbarme en la cama. Al sacar las llaves de la cerradura hubo un pequeño eco que resonó por toda la casa. Vivía solo, no compartía piso con nadie. Eso normalmente era bueno, pero en ocasiones echaba de menos el ruido, el calor humano. Después de cenar un sobre de pasta calentado en el micro-ondas, cogí el sobre y lo abrí con las manos. En consecuencia, quedó rajado irregularmente, ya que mis dedos torpes no podían actuar como un abrecartas. Saqué con dificultad la hoja plegada y la desdoblé.

Leía con la voz de mi madre, porque sabía que era su letra. Aparecieron unas arruguitas en al final de mis ojos, me sentía como en casa otra vez. Más tarde, la letra de mi padre, más excéntrica, con los trazos agudos, vocales un tanto picudas. Por último, me sorprendió una letra redondita, divertida, relajada. Parecía que las palabras bailaban sobre el papel. Mi hermana, con un tono irónico y una par de bromas, me reprochaba el estar tan lejos de casa. Que así no podían venir a verme, decía. Que había elegido esa ciudad para que no me pudieran visitar en Navidad. “Decorar el árbol sin ti no es lo mismo, payaso.”

Un vago recuerdo, una imagen borrosa en mi mente. Mi subconsciente quería sacar algo a la superficie.

“¿Recuerdas unas Navidades, que fuimos a la ciudad a comprar figuritas y guirnaldas para adornar? Yo tenía siete años, tú si no me fallan las mates, once. Tuvimos que coger el metro para ir al centro, y yo me asusté. No me gustaba estar allí y papá y mamá no hacían nada para tranquilizarme. Pero tú te hiciste el valiente, inventaste un cuento para mí. Dijiste que lo que venía por aquel túnel era un dragón, uno como los de las películas. Pero no era como los demás, él no quería hacernos daño. Sólo quería ayudarnos, quería llevarnos rápido, muy rápido al otro lado de la ciudad para que pudiéramos comprar montones de cosas y poner la casa bien bonita para que cuando vinieran los Reyes Magos se sorprendieran tanto que nos dejaran muchos regalos”.

Suspiré, y las imágenes pasaron delante de mis ojos. Aquella extraña sensación que me inundaba cada vez que oía el sonido del metro… ahora me llenaba de alegría, de ilusión. Volvía a ser un niño, haciéndome el valiente en la gran ciudad para que mi hermanita no tuviera miedo.

“Quiero que inventes otra historia para mí, como las de antes”.

Sonreí. Sabía lo que significaba. No era porque lo que escribía entonces fuera malo, pero le faltaba algo, la esencia, mi toque personal. Los sentimientos que mis jefes no me dejaban plasmar llevaban mucho tiempo encerrados en mi interior, y ya era hora de dejarles salir, ver mundo, inspirar a otras personas.

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