Hello 2013, please be good to me

Mi mano permaneció quieta sobre el ratón del ordenador, y mis pupilas no se movieron. Mi cerebro estaba tratando de procesar la información visual que acababa de recibir. Bueno, más bien, estaba tratando de encontrar una razón lógica por la que en una fotografía, mi novio debería estar abrazando a otra chica. Sé lo que pensáis, las cosas no son como eran antes, chicos y chicas pueden ser amigos perfectamente, y abrazarse en las fotos es muy normal. Tenéis razón, el problemas es que él no era de esos chicos que se abrazan a las chicas, y mucho menos para una fotografía que iba a estar colgada en cualquier red social. Apenas me abrazaba a mí, que era su novia…

Cerré la pestañita del explorador y apagué el ordenador. Me fui directa al salón, dispuesta a pasarme toda la tarde viendo la tele para no tener que pensar qué demonios iba a hacer. Había visto aquella foto y sabía lo que significaba. Él no la había colgado en su perfil, pero estaba etiquetado, así que era cuestión de tiempo que se imaginara que yo la había visto. ¿Qué era lo que se suponía que tenía que hacer? ¿Esperar a que él mismo me contara lo que estaba pasando? ¿Llamarle con la consiguiente factura de teléfono del copón y montar una bronca? O simplemente… podía sentarme en el sofá, abrir una bolsa de patatas, una tarrina de helado, poner el primer programa que pillara, a ser posible que no requiriera muchas neuronas, y aparentar que no me pasaba nada. Porque realmente no sabía que era lo que tenía que pasarme. Mi mente ilusa pensaba “Venga, Ana, seguro que todo tiene su explicación. Seguro que Víctor por fin a cambiado y es más cariñoso con la gente”, pero sabía que yo misma no me lo creía. Sólo me lo repetía para seguir viviendo en mi mundo de fantasía, ese mundo en el que toda la gente era buena y nunca me partían el corazón.

Aparté la mirada del televisor y mis ojos se desplazaron hasta llegar al calendario que había colgado en la pared. Enero. Enero de 2013. El condenado sólo había tardado unas míseras semanas en darme el cambiazo, en pegarme la patada. Tras clavarme la puñalada trapera se había olvidado de mí. Los pensamientos que estaban surgiendo en mi interior no eran muy alegres, así que mis ojos se fueron hacia otros lugares. Como los papeles de colores que Chester había colgado en la parte de arriba del calendario.

“Do it yourself”, rezaba el cartel colocado justo encima. Al grito de esa frase nos había invitado a Waliyha y a mí a contribuir en su proyecto de creatividad. Pero la verdad es que él no necesitaba que nadie lo ayudara, por si solo ya irradiaba arte por todos los poros de su piel. Y sin embargo, ahí estaba, trabajando en un bar cualquiera para poder pagarse los gastos de la universidad, durmiendo cuando podía, sin a penas tiempo para vida social o hobbies, sólo asistir a las clases y currar. No entendía como él, que a la legua se veía que tenía talento, que era despierto, que era muy capaz de realizar un trabajo complejo, y que además estaba en su cuarto año de la carrera de Bellas Artes y había venido a España con una prestigiosa beca de su universidad, se tuviera que dedicar a llevar bebidas de unas mesas a otras y tomar la cuenta. Pero él se lo tomaba con filosofía, de las pocas veces que lo veía debido a que nunca llevábamos el mismo horario, siempre estaba sonriendo. Y no era una de esas sonrisas falsas que emite la gente para no tener que dar explicaciones y guardárselo todo dentro, no. Él era feliz. No tenía nada asegurado en la vida, pero era feliz.

Waliyha, al contrario, era muy seria, jamás sabías en que estado de ánimo se encontraba. Yo lo achacaba a la cultura, pues su padre era paquistaní y su madre inglesa, y ella había nacido en España, o eso me había contado Chester cuando llegué al piso por primera vez. Trabajaba de secretaria en una empresa a pesar de que no era mucho mayor que nosotros y siempre iba bien vestida, elegante y cara. Ella no trabajaba muchas horas, pero casi nunca estaba en el piso, o se iba de compras, o se iba a pasear, o algún compañero de trabajo la invitaba a algún sitio. Y cuando estaba en el piso normalmente siempre se encerraba en su cuarto y solo salía para cenar, momento en el que nunca cruzaba más que un par de palabras conmigo.

El sonido de la cerradura de la puerta me sobresaltó, con el consiguiente tirón brusco para conseguir abrir la vieja lámina de madera. La cerradura era bastante vieja, como todo el edificio, y no cedía con facilidad. Cogí una patata y me la metí en la boca, esperando a que la esbelta figura de Waliyha apareciera por la puerta. Y lo que asomó por el pasillo fue una cabellera pelirroja mojada.

-¡Vengo empapado! – Su gracioso acento lo delató.

Chester. Que raro que ya esté en casa… miré la hora del reloj de pulsera, angustiada. Uf, que alivio, eran las nueve de la noche, el tiempo seguía pasando lento, menos mal.

-¿Cómo es que vienes tan pronto? – Dije, bajando el volumen de la tele, sin fijarme en el programa que estaban emitiendo.

Se metió en el baño y segundos más tarde apareció con una toalla en la cabeza, secándose el pelo. Como de costumbre ya no llevaba los zapatos, pues era Escocés y tenía la costumbre de andar descalzo por casa. Se dejó caer a mi lado y me quitó de las manos la patata frita que estaba a punto de comerme.

-Me han despedido. – Dijo, como si tal cosa, masticando. – Tú por lo que veo estás aquí poniéndote gorda.

Señaló el bote de helado, todavía sin abrir.

-¿Puedo unirme a tu sesión de lloros y porquerías industriales?

Asentí con la cabeza y él cogió el helado, destapándolo.

-No es una crying-sesion ni nada por el estilo. No estoy deprimida. – Respondí.

-¿Helado? ¿En invierno?

Me miró fijamente, con sus pestañas blancas apuntándome.

-Sí… ¿qué pasa? Estoy preparándome para hibernar.

-Un poco tarde, me temo. Ya ni siquiera es Navidad.

Su foto volvió a aparecer en mi mente. Si yo hubiera estado allí seguro que ni habría querido salir a celebrar la Nochevieja conmigo. Si no me hubiera ido pocos días después de Navidad, si tan sólo me hubiera quedado hasta Año nuevo… quizás las cosas ahora serían distintas, sería yo la que estaría abrazada a él en una foto. O quizás no. Le robé la cuchara a Chester y engullí una buena cantidad de helado. El frío en la garganta me quemaba, pero por lo menos no estaba llorando.

-No te preocupes, te irás acostumbrando a estar aquí.

Me pregunté si eso sería verdad, o se me iba a quedar una cicatriz en el corazón para siempre.

***

Al día siguiente me despertó la luz del sol. Me intenté mover un poco y me dio un tirón el cuello. Fruncí el ceño y palpé con la mano mi alrededor. Aquello no era una cama. Levanté la cabeza, ligeramente mareada y perdida. Me había quedado dormida en el sofá, después de ver The Holiday y llorar como una descosida. Eso explicaba el dolor de cabeza que sentía, suerte que nunca se me hinchaban los ojos. Apoyé los pies en el suelo, y estiré las piernas hasta encontrar las zapatillas. Me aparté el pelo de la cara como pude y miré  con ojos todavía medio cerrados hacia la ventana. Chester nunca se acordaba de bajar las persianas, que para algo las teníamos. De donde él venía podían no existir las persianas, pero en España se hacía buen uso de ellas. Daba igual que fuera en Galicia o Córdoba, el sol molestaba igual. Me giré y me asusté al encontrármelo sentado junto a la mesa del salón, leyendo el periódico. Y justo en el centro de la mesa, había un bizcocho enorme.

-¿Has cocinado? – Dije con el tono más sorprendido que tenía. Ahí la única que sabía preparar comidas sin riesgo de intoxicación era yo, Chester y Waliyha siempre encargaban comida o comían fuera.

-Lo han traído los nuevos vecinos hace un rato. Ya era hora de que te despertaras, que no has podido ni saludarles.

Miré el reloj de pared, las 11 de la mañana.

-Por favor, dime que es sábado. – Supliqué.

-¿Ya no sabes ni en que día vivimos? Y eso que tu no tuviste que pasar por el jet lag.

Me sentía peor que si hubiera cruzado el atlántico a nado. Miré por encima de su hombro y vi que estaba leyendo la sección de empleo.

-Vaya, así que por eso estás tan borde hoy… es reconfortante saber que también eres humano y pasas por tus días malos…

Me miró durante un rato sin decir nada y después volvió a leer el periódico.

-Bueno, no se puede vivir en los mundos de yupi para siempre. Ya es hora de que crezca y sea un poco más serio, de que madure. O eso dice mi padre. – Susurró.

Tontería monumental la que acababa de soltar el cabeza de zanahoria. ¿Ser maduro era no volver a ser totalmente feliz? ¿Crecer implicaba perder la sonrisa permanentemente? Entonces muy bien, me voy con Peter Pan al país de nunca nunca jamás y ahí se queda el resto del mundo.

-Resulta que estar matriculado en una carrera no asegura que no seas estúpido. ¿Te has creído eso? – Separé la silla de al lado y me senté, con las tripas rugiéndome a causa del buen olor que desprendía el bizcocho.

-Tiene razón.

-Oh, Dios mío, perdona a este pecador, no sabe lo que está diciendo. – Exclamé teatralmente. Por lo menos Chester se rió.

Nos quedamos en silencio y él volvió a su periódico.

-Oye, sé que no tengo que meterme en tus asuntos pero… eres genial tal y como eres, de verdad. Tu forma de ser es especial, y en serio tienes talento. No tienes que cambiar porque alguien te lo diga, aunque sea tu padre.

Chester suspiró.

-Va, venga, seguro que es todo mucha palabrería pero luego se le llena la boca con halagos y está super orgulloso de ti. – Dije para animarle, porque eso era lo que sienten casi todos los padres.

Esperaba su respuesta, o al menos una sonrisa, pero no fue así. Contuve el aliento al darme cuenta de que una lágrima se deslizaba por su mejilla, demasiado deprisa, impulsada por los sentimientos de Chester. Entonces él se dio cuenta de que lo estaba mirando, un tanto petrificada. Pasó su mano por la mejilla, borrando el rastro, pero no los recuerdos de mi memoria a corto plazo.

-Lo siento. Yo… no debería haberme metido… soy una estúpida. Perdona. – Dije, y me levanté, intentado huir de la situación, de haberle hecho daño a alguien sin querer.

-¿No me vas a decir que si quiero hablar del tema puedo contar contigo? – Preguntó muy bajito.

Me giré, sorprendida.

-Eso es lo que siempre dice todo el mundo en estas situaciones, ¿no? – Dijo.

-Sí… bueno, es que yo no soy como los demás. Soy la rarita a la que siempre se le olvida el protocolo, la que no se sabe el guión. Ando perdida entre la gente, y cuando alguien está triste nunca sé que decir. Me encantaría poder ser una de esas personas que tienen una respuesta para todo, que saben animar. Pero en momentos así… la suelo cagar más.

-Claro, por eso la lista de halagos del principio la ha dicho el extraterrestre que tienes en tu interior.

-¿Qué?

No entendía el humor inglés. Bueno, el escocés.

-Que si mi padre hubiera dicho alguna vez la mitad de lo que tú me has dicho, yo no estaría así. A veces no son las cosas que dice, si no las que nunca ha dicho y nunca me dirá.

Que sinceridad. Y eso que lo conocía de hacía unos meses. Al final resulta que es verdad y todo eso de que los británicos son muy fríos al principio pero luego se abren a ti. Aunque Chester había sido amigable desde el principio.

-¿Quieres un abrazo? – Dije con los brazos estirados. Otra cosa no, pero dar abrazos era mi especialidad.

***

Una vez en mi cuarto, me paré a pensar de verdad, con calma, después de esos meses. Habían cambiado tantas cosas… me había lanzado a la aventura de irme a estudiar a otra ciudad, de compartir piso, de arreglármelas yo sola. Y de momento estaba saliendo bastante bien. Bueno… el asunto de Víctor ya se vería. No quería preocuparme, simplemente quería vivir ese año con intensidad, aprovechando al máximo cada segundo de aquellos 365 días. Quería que el año 2013 fuera especial, como ningún otro. Quería dejar a un lado mis miedos, lo que pensaran los demás y ser yo misma, dejarme llevar. Quería llevar a cabo todos mis sueños, sentirme segura de mí misma. Estaba preparada para este momento, aunque me sentía sola lejos de casa, sin mi familia ni amigos, no me arrepentía de nada. Era mucho más fuerte el deseo que había en mi interior de ser feliz, y quería empezar ya. Nada iba a pararme o impedírmelo. El reloj ya estaba en marcha, y no esperaba a nada ni nadie.

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