Tropezar, aprender a caer.

Todos tenemos una debilidad. Algo de lo que, por mucho que queramos, no nos podemos proteger. Algo que cada vez que se cruza en nuestro camino nos hace tropezar y en ocasiones incluso caer.

Entonces, la gente se levanta apresuradamente y finge que no ha pasado nada, que no ha rozado el suelo con su cuerpo. Yo, sin embargo, creo que es bueno permanecer un tiempo en el asfalto, sintiendo el frío. Haciéndonos conscientes de lo que ha pasado. Tomándonos nuestro tiempo para poder volver a ponernos en pie.

Porque mirando a nuestro alrededor desde el suelo, desde lo más bajo, se pueden ver cosas de las que nunca nos damos cuenta. Cuando parece que no sentimos nada y que ya no nos pueden ir las cosas a peor, cuando lo único que queremos es estar tumbados en el suelo todo el día, sin tener que pensar demasiado porque eso nos hace todavía más daño. Es entonces cuando vemos el mundo desde una perspectiva fría, pero realista. En ese periodo de tiempo que pasamos intentando recuperarnos, recomponer los pedacitos rotos de nuestras ilusiones y de nuestro corazón, es cuando poco a poco vamos repasando las situaciones que nos han llevado hasta allí. Y entonces vemos el problema, la piedra que nos ha hecho caer.

Algunas veces tropezamos simplemente por un desnivel en el terreno, pero otras veces… cuando miramos hacia atrás nos damos cuenta de que la piedra era enorme. Gigantesca. Y nos preguntamos como demonios no la hemos visto. Pero en esta vida, todos somos ciegos, tanto en el amor como en todo lo demás. La única solución es caminar como niños. No a gatas, si no correr, jugar, saltar, caernos, rasparnos las rodillas, llorar cuando nuestros amigos todavía no han llegado a donde estamos, y levantarnos ayudados por nuestra cuadrilla, nuestra familia, la gente que nos quiere.

Es estúpido pensar que por haber cometido un error, por haberte caído una vez, no lo vas a volver a hacer. Hay millones de lugares que todavía no hemos visitado, situaciones que no conocemos, y por eso es normal tropezar con un escalón que parece que salió de la nada. Quizás, solo quizás, los errores que cometes te ayudan a aprender y a no volver a cometerlos en esa misma situación, pero también es verdad que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Sin embargo, ahí no está el problema.

La vida es caminar, tropezar, pasar distintas pruebas que aunque no lo parezca, te van haciendo más fuerte. Al principio, cuando eramos pequeños, caernos cuando apenas mediamos medio metro nos hacía llorar durante media hora. Ahora por el contrario, con nuestra altura, somos capaces de tropezar y no soltar ni una lagrimilla, aunque muchas veces lo haríamos bien a gusto si nadie nos viera.

El problema es encariñarte con la piedra. Porque entonces, por mucho que quieras avanzar siempre habrá alguien poniéndote la zancadilla. Siempre habrá una piedra maldita que te siga a todas partes y que no te permita alcanzar tus metas, tus objetivos.

Por eso hay que aprender a tropezar, a caer. Aprender a levantarse y decir adiós al suelo, mirando al cielo. Aunque realmente esa despedida sea solamente un “hasta luego, volveremos a vernos”.

Tropezar, caer

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4 comentarios en “Tropezar, aprender a caer.

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