Primeras impresiones.

Las primeras impresiones son juicios que hacemos a simple vista, sin conocer a las personas. Cuando están relacionadas con el instinto, a veces resultan ser verdad. Percibimos cosas de las personas sin saber muy bien cómo, y acertamos. Sin embargo, cuando podemos decir exactamente por qué pensamos algo de alguien que acabamos de conocer, eso es juzgar. La apariencia física, el comportamiento, es algo que se ve muy fácilmente. Para saber el color de ojos de alguien no hace falta mucho, simplemente mirarle a los ojos una vez. Pero para saber cuando es la última vez que ha llorado hace falta algo más, te tiene que haber dejado ver su corazón.

Lo único que hacemos es quedarnos en la fase fácil, creer que somos geniales y podemos juzgar a los demás sin equivocarnos, cuando en realidad es mucho mejor conocer a las personas y entenderlas. Porque, ¿quién sabe? Igual esa persona que te parece estúpida podría resultar ser exactamente todo lo que buscas.

***

La primera vez que la vi pensé que era idiota. La típica chica tonta que busca llamar la atención. Estábamos fuera de la facultad, yo con mi clase y ella con los de su instituto. Todos estábamos nerviosos, aunque fingíamos que no, nos hacíamos los chulitos. Desvié un momento la mirada de mis amigos y la vi.

No me fijé en ella porque fuera guapa, que lo era. Me fijé en ella porque estaba bailando la macarena. Pensé que era una perfecta imbécil, que seguro que la pobre ni aprobaba la selectividad. La juzgué, la critiqué en mi mente y le colgué la etiqueta de “caso perdido”.

Me podría haber quedado así, equivocado como estaba para siempre, pero el destino quiso darme una lección.

De ese día recuerdo la ansiedad, la sala llena de desconocidos, el enorme reloj de pared. Al acabar el tiempo y reunirme con mis amigos a la salida, la volví a ver. Me quedé un poco más rezagado, hablando con un compañero del que no he vuelto a saber nada desde que empezamos la universidad.

Ella llevaba una chaqueta colgando de la bandolera, y se le cayó. Como más tarde supe, siempre ha sido un desastre además de despistada. Y yo no era el chico que se fija en todo, el que va recogiendo chaquetas y salvando a damiselas en apuros. Por eso me limité a decir “Eh, rubia”. Ella podría no haberse girado, pero se giró. Le señalé la chaqueta en el suelo, siempre he sido un chico de pocas palabras. Ella retrocedió unos pasos y se agachó para recogerla, mientras nosotros nos acercábamos a donde estaban ella y dos chicas.

-No me llamo rubia – dijo.

-Entonces cómo, ¿Macarena? – Respondí, haciéndome el gracioso. No esperaba que me contestara, cuando actuaba así las chicas me mandaban a la mierda. Pero ella no era las demás chicas.

-Pues sí que me ha visto todo el mundo, sí. Bueno, por lo menos ha funcionado, aunque haya hecho el ridículo. Ya no estaba tan nerviosa en el examen.

Durante unos segundos ninguno de los cinco dijimos nada y me di cuenta de que a veces las cosas no son lo que parecen. A ella no le importaba lo que pensara alguien como yo al verla.

-Me llamo Irlanda, por cierto. – Dijo ella, rompiendo aquel silencio incómodo que hacía que quisiera irme de allí.

-Para el próximo examen podrías bailar algún baile irlandés y así es más fácil adivinarte el nombre. – Seguía haciendome el gracioso, a riesgo de cagarla.

-¿Y perderme esta conversación embarazosa? – Ella rió.

Al día siguiente mi grupo de clase volvió a ir media hora más pronto, aunque ya conocíamos el lugar. Me descubrí buscándola con la mirada, y no encontrando nada. Tendría exámenes a distintas horas, pensé. Estaba con un grupillo de amigos y decidimos sentarnos en las escaleras a esperar. Me miraba los cordones de las zapatillas y oí un “pss, pss”, “eh”. Pero no levanté la mirada, me sentía cotilla cuando espiaba conversaciones ajenas. Entonces Jaime me dio un golpe en el brazo y me dijo: “Mira, es Irlanda, la chica de ayer”. La vi con un grupo de gente, y cuando mi mirada se encontró con la suya me saludó con la mano, dibujó en su cara una amplia sonrisa y comenzó a dar pequeños saltitos. Miré sus pies y me di cuenta de que también llevaba las manos a la espalda. Era un baile irlandés.

No hace falta decir que no necesité ninguna otra casualidad, ni encontrármela en otro examen para pedirle el teléfono. Aquel nombre poco común le iba que ni pintado, y desde que empezamos a salir me he convencido de que gracias a una tontería, a un baile, ahora soy feliz.

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