Laundry Room

Miro al techo, esperando encontrar una superficie lisa y blanca, pero lo que veo son dos chicles pegados amenazando con caerme en la cabeza. Pongo una mueca de asco y me froto un brazo para entrar en calor. Estoy en el piso de abajo de la casa de Eliza, una completa casa inglesa de planta y piso. La lavadora hace bastante ruido, es antigua y parece a punto de romperse de un momento a otro. El cubo de la ropa sucia, vacío, descansa encima de la secadora, y allí no hay nada interesante que hacer, salvo revivir los recuerdos recientes de la fiesta una y otra vez.

Desbloqueo la pantalla del móvil, esperando descubrir que es tarde, muy tarde, pero no han pasado ni diez minutos desde que metí las mallas en la lavadora. Dejo el móvil encima, y observo durante unos segundos como se mueve peligrosamente hacia el borde debido a la continua vibración de la maquina que está intentando limpiar el vómito de mis preciosas y nuevecitas mallas. Suspiro, mirando a la nada con ojos cansados. Tengo el pelo hecho un asco, y para colmo los pantalones que me ha prestado Eliza son horribles. No es que ella tenga mal gusto, pero es más rellenita que yo y esos son los únicos vaqueros que no se me caen. Y más que pantalones son un mini cinturón. Me ha dicho que no sabe ni como alguien le ha podido regalar eso, que ya ni siquiera recuerda de quien fue ese regalo. Yo, sin embargo, recuerdo perfectamente la cara del chico que me ha potado encima.

Bueno, por lo menos la camiseta que llevo (esta sí que es de mi propiedad), es bastante larga y me cubre casi por completo los shorts. Bostezo y pongo los brazos en jarras. Sí que tarda el programa corto de la lavadora.

Ronnie. Así se llama el chico que me ha estropeado la noche. Estoy tan harta de él… todo el mundo siempre hablando sobre él, sobre lo popular, lo guapo que es… con ese estúpido nombre que todas las chicas dicen que es de estrella de rock… ¿Estrella de rock? ¡Ja! Pero si tiene nombre de chica.

Sonrío amargamente. Lo que ha pasado tiene su lado bueno, me debe unas mallas y además ya no me volverá a hablar en ninguna otra fiesta, así que me lo quito de encima. No soporto que en todas las ocasiones que coincidimos se haga el interesante conmigo y que tontee. Bueno, tontear no es que tontee mucho, porque yo le corto rápidamente. Ni siquiera le gusto, solo se quiere hacer el chulito delante de sus amigos porque yo no soy “una chica fácil”. Tampoco es que yo sea más difícil que las demás, es solo que no me gusta, eso es todo.

Oigo ruidos de pisadas y espero que sea Eliza, para decirme que sus padres ya han vuelto.

-Hola, hola. – Una voz grave me hace saber que no es mi amiga. Cojo aire y rezo para que no haga ningún comentario sobre lo ligerita que voy de ropa, porque ya he tenido bastantes borrachos por hoy.

Se acerca a una distancia prudencial de mí, pero se queda detrás. Me pongo nerviosa, así que decido girarme para verle la cara. Es Kyle, menos mal.

-¿Fly? No sabía que eras tú. – Me dice, poniéndose a mi lado.

-Yo tampoco imaginaba que eras tú – digo. Él va sin camiseta. – ¿A ti también te han potado encima?

-No, es que tengo calor – dice en tono irónico. – Lo mío ha sido Coca-Cola con Vodka. Espero que salga la mancha.

Como siempre, alguien ha conseguido colar alcohol en la fiesta. Cuando Eliza se entere se va coger un cabreo…

-¿Está dentro de la lavadora? – Pregunto. Cuando he llegado había un montón de gente metiendo cosas para lavar, y ahora la casa está medio vacía. Seguramente le tocará a Eliza ir el lunes repartiendo por la clase ropa.

-Sí, ¿llevas mucho tiempo esperando?

Desbloqueo el móvil.

-Unos quince minutos. Supongo que aún quedará un ratillo.

Él mira al suelo y saca el aire por la nariz, pues mantiene las mandíbulas apretadas. Conozco a Kyle desde que éramos críos y básicamente me sé su vida entera. No somos los mejores amigos, pero de vez en cuando nos contamos las novedades y tenemos confianza.

-¿Y a ti que te pasa? Si es por si tus padres te echan bronca, tú no te preocupes que Liz y yo te acogemos y comparto mi saco de dormir.

Él sonríe.

-Uy, esa oferta resulta tentadora, pero si me levanto a la mañana siguiente con un ojo morado…

Levanto las cejas y entorno los ojos.

-Que tampoco pego a la gente cuando estoy dormida, solo te dije que me muevo un poco.

Él niega con la cabeza.

-Gracias pero… no es eso.

Espero un poco, hasta que aclara:

-Emma.

Levanto la cabeza levemente, comprendiendo. Lleva coladito por ella desde hace casi medio año.

-Creo que la he cagado. – Me dice, agachando la cabeza.

Me fijo en que le sobresale la goma de los calzoncillos por encima de los vaqueros. Calvin Klein, eh.

-¿Y eso? – Pregunto refiriéndome a la razón por la que ha echado todo al traste con esa chica, no por la marca de los calconzillos.

Él sacude la cabeza.

-No preguntes… simplemente ha sido peor que vomitarle encima, créeme.

-Venga ya, ¿qué puede ser peor que cargarte los vaqueros favoritos de una chica? Esos que te quedan genial y encima son bonitos. – Le digo. Esos que solo se encuentran una vez en la vida.

-Muchas cosas. Demasiadas. – Dice él.

Sigue mirando al suelo, como si tuviera miedo de levantar la vista y encontrarse con mis ojos. Como si temiera mirarme y no poder guardar el terrible secreto de todas las atrocidades que dice haber cometido. Musito un pequeño “hum”, a la vez que levanto los hombros. No le voy a someter a un interrogatorio, si quiere contármelo, ya me lo contará. Porque por mi parte, hay cosas que me he reservado y todavía no pienso contarle. Como que me gusta su mejor amigo.

Un silencio llena la habitación. Kyle suelta una carcajada y se revuelve el pelo corto.

-Lo peor es que la camiseta es de Ryan. – Suelta de repente.

Me pongo en tensión al oír su nombre. Cojo aire. Espero que Kyle no note nada raro.

-Me la prestó porque me encanta, y ahora… me va a matar.

Le miro de reojo, y me toco la mejilla derecha disimulando, apartándome el pelo de la cara. Menos mal, no estoy ardiendo. No me gustaría ponerme roja ahora, y menos cuando sé que yo nunca consigo resistirme a las preguntas de Kyle. Él sigue clavando sus ojos en los míos, con una amplia sonrisa en los labios. La misma sonrisa que siempre muestra, y que lo hace ser él. La sonrisa que ni siquiera los problemas pueden borrar.

-Oye… algún día podrías venirte con nosotros a dar una vuelta por ahí… nunca hemos quedado los tres juntos, y estoy seguro de que Ryan y tú os llevaríais muy bien. – Dice.

¿Que qué de qué? Vale. Noto el calor subiéndome por la cara. Ya no hay remedio. Llevarnos bien, dice.

-Tú y yo somos amigos… no veo por qué no puedes ser amiga de Ryan. – Él continua hablando, a pesar de que yo he girado la cara y miro a la pared. Ya sé que me ha visto la cara. Y no es tonto. Pero supongo que tiene sus dudas sobre si es el nombre de Ryan lo que produce el color rojo de mis mejillas, o es pura coincidencia.

Me pone una mano en el antebrazo, tirando un poco de mí para que me gire y lo mire.

-Eh. – Dice. Pero yo simplemente sigo mirando a la pared, en un gesto que me parece infantil, estúpido e irracional. Pero así es como me comporto cuando no puedo ocultar mis sentimientos. – Eh. – Vuelve a decir él, y me agita el brazo con fuerza.

Le miro, dispuesta a decírselo. Llevo demasiado tiempo ocultándoselo. Demasiado tiempo queriendo a Ryan en silencio. Si después se lo cuenta a su amigo… me da igual. Prefiero saberlo ya. Quiero saber ya si nunca voy a poder tener nada con él.

Kyle me mira. Y por primera vez, parece ponerse incómodo.

-Fly… a mí… a mí me gusta Emma. – Dice mirándome con tristeza en los ojos.

Claro. Claro que le gusta Emma, eso ya lo sé. ¿A qué viene…? Oh. Oh, no.

-¿Es que piensas que me he puesto roja por ti? – Digo, incrédula. Lo siento mucho, pero para mí Kyle siempre estará en la categoría de amigos, y esa línea es difícil de traspasar.

-Si no es por mí, ¿entonces por qué?

La fuerza y el valor acaban de huir. Me han abandonado. Y la cobardía se une a la vergüenza.

-Tengo calor.

Él me mira sin creérselo. Vale, lo admito, no se me da bien mentir, y menos bajo presión.

-Es… es por…

Tomo aire por la nariz y lo expulso por la boca varias veces. Allá vamos…

-No digas nada. Ronnie. – Me corta.

Abro unos ojos como platos. Estoy dispuesta a abrir la boca y poner una mueca de asco, pero me reprimo. ¿Esto es mejor que confesarle que…?

Alguien baja corriendo por las escaleras y cuando los dos nos giramos para contemplarlo tengo la certera sabiduría de que esto es más surrealista que una telenovela.

-Kyle, llevo buscándote por toda la casa. ¿Qué haces sin camiseta? – De pronto nos mira a ambos alternativamente – no me digas que tú y Fiona…

Kyle y yo nos miramos. Y rompemos a reír. Lo que me faltaba ya. Ryan cree que Kyle y yo estábamos a punto de liarnos.

Cuando acabo de reír veo que Ryan, con su pelo despeinado y sus ojos claros, se ha puesto junto a nosotros.

-No la llames Fiona, no le gusta – le dice Kyle. – Todos la llaman Fly.

-Todos menos Ronnie. Para él soy Fiona, y que corra el aire – le digo, todavía con lágrimas en los ojos debido a la incontrolable risa de hace unos momentos.

-¿Entonces no te…? – Dice Kyle, alzando las cejas en una expresión graciosa.

-¡No! ¡Uff! Que no tengo tan mal gusto… – digo riéndome.

Cuando a Kyle y a mí se nos pasa el pavo, miro tímidamente a Ryan y me doy cuenta de que me está mirando. Aparto la mirada y desbloqueo la pantalla del móvil, intentando acostumbrarme a la extraña sensación de tenerlo tan cerca, y de saber que me está prestando atención.

-Pues he estado a punto de creer que estabas colgada de Ronnie. – Dice Kyle.

-Ya he tenido bastante con su vómito, no quiero nada más que venga de su boca, ni siquiera sus palabras…

-Hablando de cuelgues, Emma sigue en la casa, y me ha preguntado si sabía dónde estabas – le explica Ryan a Kyle.

-¿Estás tonto? ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Dónde está? – Pregunta Kyle rápidamente, avanzando hacia las escaleras, dándose la vuelta y volviendo a donde estamos nosotros dos. Su energía y nerviosismo se transmite en sus gestos.

-Cuando la he visto estaba en la cocina con un par de chicas.

Kyle da grandes zancadas y sube las escaleras de dos en dos.

-De nada… – Dice Ryan cuando Kyle ya ha desaparecido. Los dos permanecemos mirando a los escalones, hasta que Ryan se gira y me mira.

-Bueno… ¿qué hacemos? – Me mira a la vez que mueve los labios. Esos labios tan besables que son los únicos que me pueden desconcentrar de los mil tonos de sus preciosos ojos. Me está hablando a mí. Parpadeo un par de veces, y toso para ganar tiempo. Esto de no poder prestar atención cuando él me está hablando así de cerca tiene sus consecuencias, tengo que empezar a controlarme.

Entonces veo la lavadora y pienso que soy tonta. ¿Qué vamos a hacer en un cuarto con una lavadora? Dios, ni que eso fuera con dobles intenciones. Ni siquiera sabía que prefiero que me llamen Fly…

-Yo esperar a que salgan mis mallas – respondo, señalando con la mirada la lavadora.

-Pues espero contigo. – Dice, y se coloca a mi lado mirando la ruidosa máquina. – Así te hago compañía y no te aburres.

Sólo está siendo majo, sólo está siendo majo, sólo está…Me resisto a mis pensamientos pero finalmente caigo como la tonta enamorada que soy, y en mi mente una vocecilla exclama: ¡Qué mono!

De pronto oímos un portazo y noto una brisa de aire frío. Me estremezco y se me pone la carne de gallina. Y no puedo evitar estornudar. Miro a Ryan de reojo y él me sonríe.

-¿Tienes frío? – Me acabo de dar cuenta de que lleva una chaqueta puesta.

-No, no. Estoy bien. – Le digo, aunque mi piel dice lo contrario.

Miro a la pared, aunque lo que me gustaría mirar son sus ojos. Podría pasarme horas contemplando sus ojos, perdiéndome en ellos. Pero quedaría como una tonta y rara. Y le daría miedo quedarse a solas conmigo.

Oigo el sonido de la cremallera, y cuando lo miro se está quitando la chaqueta. Y me la ofrece.

-No, gracias, pero de verdad que no tengo frío… – le digo. No puedo aceptarlo. No puedo ponerme su chaqueta. Bueno, sí que puedo, pero no quiero. Qué demonios, claro que quiero, joder. Pero sé que si lo hago será peor para mí. Porque ni siquiera somos amigos. Los amigos no hacen esto. Los casi desconocidos no te crean falsas esperanzas. Los conocidos no son tan caballerosos. Y Ryan tendría que haberse dejado puesta la maldita chaqueta.

-Fly, va, póntela. – Me ofrece la chaqueta una vez más, y noto como se tensiona el músculo de su brazo cuando levanta la chaqueta. – Seguro que tienes frío con esos pantalones tan cortos, y a mí no me hace falta.

Me pongo roja. Ya podría extendérseme el calor que siento en la cara a todo el cuerpo. Cojo la chaqueta, extremadamente avergonzada. ¿Por qué se ha tenido que fijar en mí justo cuando llevo esto puesto?

-No son míos. – Digo mientras meto los brazos en la chaqueta y noto el tacto cálido de la tela en mi piel. Todavía conserva parte del calor corporal de Ryan. Me está bastante grande, así que decido no cerrármela para no parecer una albóndiga deforme. – Los pantalones, digo.

Él me mira.

-¿Y a quién se los has quitado?

-No se los he quitado a nadie, no soy una ladrona. Me los ha prestado Eliza. Me han potado en las mallas. – Le digo señalando con mi dedo acusador la lavadora.

-Pues te podría haber dejado algo más corto – dice riendo.

-Creo que eso es imposible – admito. Lo miro a los ojos pero él no mira mi cara precisamente.

-Da igual, te queda bien.

De nuevo el calor en la cara. Sólo es un cumplido. Sólo es majo. Sólo…

-Yo no me habría puesto esto ni muerta.

-¿Por qué? – Pregunta, mirando mis piernas, haciéndome sentir como un flan a punto de ser devorado.

Porque no me gusta llamar la atención, no de esta manera. Porque me siento como si fuera un objeto y no una persona. Porque apenas me has mirado a los ojos. Porque unos malditos pantalones tienen más efecto en los chicos que cien palabras.

-Es muy atrevido. No es mi estilo – digo, con un ademán que indica que esto está totalmente fuera de mi armario.

Nos quedamos en silencio, y no estoy nerviosa. Tampoco siento ya ningún calor en mis mejillas. No quiero que piense que soy alguien que no soy. No quiero que la forma de vestir influya en que él se fije en mí o no. Pero influye. Y lo estoy comprobando ahora. Suspiro. Es un chico, como todos. Tiene ojos en la cara. Es normal. Pero preferiría que no fuera así.

Él pega una patada al aire y se mueve sobre sus pies. Entonces da un mini paso hacia su derecha, acercándose más a mí.

Abre la boca para decir algo, pero entonces la lavadora hace un ruido estrepitoso. El programa ha acabado. ¡Por fin! Me pongo en cuclillas, esperando a que todo el agua del tambor se vaya. Entonces abro la puertecilla. Me levanto y cojo el cesto de encima de la secadora.

Echo toda la ropa en el cesto y rebusco mis mallas. Las encuentro y las miro, pasando mis ojos por toda la tela, buscando algún rastro de vómito. El blanco de los bajos está ligeramente amarillento, pero casi no se nota. ¡Puf! Están salvadas. Les quedan seis vidas todavía por vivir.

Sacudo las mallas y las doblo. Entonces miro la secadora y dudo.

-¿Deberíamos meter la ropa en la secadora? – Pregunto. No tengo ni idea de qué hacer, y aunque no creo que Ryan me solucione las cosas, una segunda opinión nunca viene mal.

Él me mira arqueando las cejas y poniendo una mueca graciosa que indica que no lo sabe. Abro la tapa de la secadora y descubro que allí dentro hay más ropa, aunque seca, limpia y de la familia de Eliza. Me decido a sacar todo y doblarlo, es lo mínimo que puedo hacer para compensar a Liz por salvar mis mallas. Bueno, la que las salvó fue la lavadora, pero eso da igual. Pongo el barullo de ropa encima de la mesa que hay justo al lado de la secadora y comienzo a separar cosas. Tiro de la manga de una sudadera y la doblo.

Entonces Ryan coge una camiseta y me imita. Me extraño, pero no digo nada. Es mejor estar en silencio que hablar, y no quiero irme tan pronto. Por eso si alguien bajara y nos viera se reiría de nosotros. Aquí estamos, calladitos y doblando prendas de ropa que no son nuestras como dos buenos chicos.

-El último año de instituto ya. Seniors. Y después a vivir la vida. – Comenta él animadamente.

-Si llamas vivir la vida a tener que ir a la universidad… – le digo. La verdad es que nunca me ha gustado la idea de tener que dejar todo lo que conozco. No sólo los pasillos llenos de conocidos del instituto, no sólo los amigos. Tener que mudarme a otra ciudad para poder estudiar en una buena universidad, no ver a mi familia tan a menudo, compartir piso… lanzarme a la aventura de descubrir un mundo totalmente nuevo por mí misma, completamente sola. Y todo porque vivimos en América y las distancias son inmensas. Sacarse el carné y pasar media vida en la carretera es algo que la gente lleva en los genes. Y parece ser que yo soy la única que se muestra reacia a aceptarlo.

-Conocer a gente nueva va a ser genial. Y estudiar lo que de verdad te gusta…

-¿Qué quieres estudiar?

-Magisterio. Quiero ser profesor de infantil. Me encantan los niños – los movimientos de sus manos sobre la ropa se hacen más lentos, y tiene una nota de ilusión en la voz. Me mira y aunque no está sonriendo puedo ver la alegría a través de su mirada.

-¿Esos pequeños monstruitos? Ya me dirás si sigues pensando igual después del primer día, cuando salgas con pegamento en el pelo y purpurina en la ropa. – No me gustan los niños desde que tuve que hacer de canguro de dos pequeños demonios.

Él ríe, y yo tengo la certeza de que no me importaría pasarme la vida oyendo esa maravillosa risa. Siempre y cuando se riera conmigo y no de mí, claro está.

Me pregunta por las notas, las optativas que he escogido y la carrera que haré. Me siento muy cómoda hablando con él. Hace un par de bromas y yo le vacilo un poco.

-Me gusta hablar contigo… ¿Cómo es que casi nunca hablamos? – Su voz cada vez me parece más bonita.

-Yo también me pregunto lo mismo.

-Seguro que es culpa de Kyle, que se reserva las mejores chicas para sí mismo.

Río. ¿Yo, una de las mejores chicas?

-No creo que sea eso, simplemente no hemos coincidido. – ¿De verdad estamos teniendo esta conversación o estoy soñando despierta?

Nunca ha habido momentos para hablar así de relajados. Pero todo llega a su tiempo, ¿no?

-Un día tenemos que quedar.

-Os tomo la palabra. Ya me lo ha dicho Kyle antes y ahora tú me lo repites. Por lo que se ve no me puedo negar, a ver si me vais a hacer algo – digo bromeando.

-Yo me refería a quedar tú y yo solos – su boca ya no muestra una sonrisa y sus ojos están expectantes. Quiere una respuesta. ¿Qué se supone que tengo que decir?

-Guay. – Respondo con una sonrisa y sigo doblando ropa. He elegido el papel de amiga maja, como siempre. Y creo que de esta no me salvan ni los mini pantaloncitos.

Por el rabillo del ojo veo que Ryan sigue parado, observándome.

-Fly, mírame.

Me quedo parada tal y como estoy, con un pantalón en las manos y los brazos estirados apoyados encima de la superficie de la mesa, y simplemente giro la cabeza.

Él se acerca mucho a mí, mirándome. Me coge con una mano de la barbilla y yo suelto lo que tengo en las manos y me pongo frente a él. Poco a poco la distancia entre nuestras cabezas se va haciendo más pequeña y no sé qué hacer. No tengo ni idea de por qué está pasando esto.

Apenas a unos milímetros, nuestras narices están a punto de rozarse.

BEP, BEP. Notificador de mensaje.

Pego un respingo y como si nos hubiéramos despertado repentinamente de un sueño, la distancia entre nuestros cuerpos se agranda.

Él se pasa una mano por la nuca y toma aire mirándome, como si yo le hubiera pedido explicaciones. Yo no me muevo.

-Te…tenías una pestaña en la mejilla. Por eso… yo… quería quitártela… – dice mirándome a mí y a las paredes respectivamente.

Me paso las manos por las mejillas y no noto nada. Cuando me miro los dedos tampoco encuentro ninguna pestaña.

-Ya está, ya te la has quitado. – Dice.

Es posible, pienso. Es posible que en serio tuviera una pestaña. Y también es posible que Ryan se arrepienta de haber intentado besarme en un impulso irracional y precipitado. Porque no creo que lo que estuviera haciendo fuera comprobar mis defectos más de cerca.

-¿No miras el móvil? – Le pregunto. Al fin y al cabo por culpa de ese asqueroso cacharro me he quedado sin probar sus labios, y sin pestaña.

-Ah, es verdad. – Saca el móvil del bolsillo, un LG negro sin carcasa.

Lo mira y tras pulsar la pantallita y estar varios segundos leyendo, lo guarda. Nos quedamos en silencio, yo mirándolo a él y él mirando al suelo. ¿Y es él el que está incómodo? Pero si no he sido yo la que se le ha lanzado al cuello sin previo aviso.

-¿Por qué no te pones una canción para recibir los mensajes? Un pitido es muy soso – le digo.

-En mi móvil no se puede, lista. – Contesta acercándose a mí y restableciendo la distancia normal a la que dos personas se hablan.

-Anda ya, en todos se puede, es que no sabes. Déjamelo. – Extiendo una mano y él me tiende su teléfono. Voy al icono de galería multimedia y pulso una canción cualquiera. Le doy a opciones y sólo me aparece la opción de definir como tono de llamada. – Que raro.

Me meto al menú de los mensajes, a ver si allí hay una opción de ajustes. Y sin quererlo lo veo. No puedo evitar pasar los ojos por la pantalla y detenerme en ese diminuto mensaje de una chica. Ese mensaje tan corto que se lee en la pantalla principal de los sms. “Gracias guapo, te quiero! ;-*”. Mis dedos bailan en la pantalla hasta encontrar la maldita opción de ajustes, pero por allí no hay más que cosas extrañas de mensajes de difusión. Me tiemblan las manos y no tengo ganas de mirarlo a la cara.

No tiene por qué significar que tiene novia. Pero desde luego, significa que pronto la tendrá, y que no voy a ser yo.

-Lo siento. – Le tiendo el móvil y me arrepiento de todo. Ahora estoy destrozada. Ya no me importan ni las mallas, ni Ronnie, ni los pantalones. Tengo ganas de irme a dormir y no despertarme hasta dentro de tres meses.

Él se ríe y hace un gesto con la cabeza que quiere decir “te lo dije”. Pero cuando lo miro a los ojos, a riesgo de destrozarme a mí misma todavía más, se da cuenta de que algo ha cambiado. De que ya no estoy tan vacilona como antes. Cojo de nuevo los pantalones arrugados de la mesa y me pongo a doblarlos. Suspiro y hago como que él no está en la habitación.

Bueno, era hora de darme cuenta de que él nunca iba a fijarse en alguien como yo. Los chicos como Ryan siempre están fichados por alguna chica más guapa. Una barbie que no se avergüenza de ponerse pantaloncitos.

-¿Y qué música me hubieras recomendado ponerme para los sms? – Sé que me está mirando y no quiero ser maleducada, pero sencillamente no puedo. No puedo aparentar que estoy bien cuando en realidad quiero morirme.

-Da igual, no te habría gustado.

Sigo doblando. Una camiseta. Un jersey. Unos calcetines. Una sudadera. Unos pantalones de chándal. Una chaqueta. Una camiseta de tirantes. Más calcetines. A Ryan le cuesta seguirme el ritmo, y todos los intentos de empezar una conversación son fallidos. No tengo ganas de hablar, porque sé que si hablo demasiado la voz me fallará. Las lágrimas harán que mi voz se quiebre y que él me mire preocupado. Y no le podré explicar qué me pasa. Esto no tendría que ser así. No me tendría que afectar tanto. Mi felicidad no tendría que depender de otra persona. Pero es así.

-¿Cuál es tu peli favorita?

Por fin lo miro. Sí que se está tomando molestias en hablar conmigo. Cualquier otro chico habría pasado de mí después de que yo le contestara mal un par de veces, pero él parece interesado en caerme bien. Es extraño.

-Puf, no te sabría decir. Hay montones que me encantan.

Hablamos un rato acerca de distintas películas y me sorprende que haya visto la mayoría de las que he visto yo. De repente mira hacia arriba, me coge por los hombros y me mueve hacia la derecha y hacia la izquierda.

-¡Qué te va a caer un chicle en el pelo! – Me agita de un lado para otro.

Chillo y me tapo las manos con la cabeza a la vez que cierro los ojos. Entonces él me suelta y se ríe señalando el techo.

-Era broma. No soporto los chicles, y tampoco la gente que se dedica a pegarlos por ahí. Me dan asco. – Dice poniendo una mueca.

-¿Ah, sí? Pues yo hace unos años estaba súper enganchada a comer chicle. Me encantaba, podía comer a todas horas, recuerdo que incluso me los tragaba. Pero ahora ya no me gusta mucho, no sé por qué.

-Mejor, mejor. Seguro que ya no te gusta porque tienes un mal recuerdo. Un chico te besó mientras estabas comiendo chicle y se te atragantó, ¿eh?

-En realidad creo que fue porque me pusieron aparato de pequeña, pero si te gusta más la otra historia…

-Me gustaría más que no existieran los chicles. Y puestos a pedir, que ese chico hubiera sido yo.

Abro unos ojos como platos, pero él ni siquiera me está mirando. Está concentrado en doblar bien una blusa transparente. ¿Acabo de oír lo que creo que he oído? ¿O son todo imaginaciones mías? Decido hacerme la tonta, porque estoy más confundida que una brújula cerca de un imán.

-¿Qué chico? – Probablemente crea que quiero oírlo otra vez, que tengo un ego tremendo. Pero no es así. Estoy temblando por dentro.

-El que te robó el primer beso.

Entonces me mira. Y yo no sé qué demonios es eso que siento por dentro pero es demasiado para mí. Es como si una descarga eléctrica, un escalofrío me recorriera de arriba abajo, y a la vez una sensación agradable se asentara en mi estómago. Sus ojos se ven tan bonitos. Una sonrisa tímida asoma a sus labios y sé que estoy perdida. Que es demasiado tarde para echar marcha atrás y no hundirme en su mirada. ¿Por qué me está haciendo esto? Está jugando conmigo. Tiene a la barbie que le dice que le quiere, ¿qué más necesita? ¿Un beso mío? El primero, nada más y nada menos.

Y el recuerdo de aquel día en el parque surge después de tanto tiempo en mí mente. La vergüenza, la rabia. Mi primer beso no fue nada especial, fue horrible. Y me dieron ganas de pegar a aquel odioso. Lo habría hecho si no me hubieran entrado ganas de llorar.

-…Bueno… sólo tendrías que viajar en el tiempo y convertirte en un niñato cualquiera del parque. – La rabia todavía se refleja en mi voz.

-Yo no era un niñato de pequeño. – Deja a un lado la blusa y me mira a los ojos.

-Entonces podrías haber hecho que fuera un recuerdo bonito, en vez de… – aprieto las mandíbulas. No sólo volví a casa manchada de barro. Cuando volví notaba que me faltaba algo, que me lo habían quitado.

-Ojalá hubiera estado allí. Habríamos jugado a dragones y princesas. – Se acerca más a mí y me coge de uno de los extremos de los cordones blancos de la chaqueta. – Tú estarías subida en el tobogán, eso sería el castillo. Nuestro castillo. Yo habría luchado con mi espada de madera fingiendo que era de verdad. Habría matado a todos los enemigos, esos que intentaban llegar hasta ti. Después subiría por las escaleras hasta donde tú estuvieras y te contaría toda la batalla. – Noto su aliento en mi nariz conforme va pronunciando las palabras. Me lo imagino todo. Me imagino los gritos de los niños, el sol en la piel. Me imagino llevando un vestido rosa y animando a Ryan desde arriba. Me lo imagino subiendo arriba y sonriéndome con sus dientes de leche.

-¿Y qué pasaría después?

-Después te cogería la mano y te besaría diciendo que pelear para ti fue un honor. Y que… que también sería un honor recibir un beso tuyo, pero no en la mejilla, uno especial. Entonces esperaría tu respuesta. – Está muy cerca, tanto que ni un millón de llamadas o sms nos separarían.

-Yo cerraría los ojos y tu creerías que lo estaba pensando. Pero entonces te darías cuenta de que la princesa no solo te había dado permiso, sino que te estaba esperando.

Ahora su nariz roza la mía y tal como la niña pequeña, la princesa, cierro los ojos. Los segundos se me hacen eternos, pero dicen que lo bueno se hace esperar. Por fin lo siento, no sólo en mis labios, también en mi piel, en mis pies que chocan con los suyos. Sus manos me rodean la cintura y me abraza. Y me parece que ya tengo un nuevo recuerdo que supera todo. Que entierra en el pasado mi primer beso. Que hace que me den igual las mallas. Que hace que el mundo se pare y sólo existan mis labios y los suyos. Y de repente me acuerdo de la camiseta manchada de vodka, y sé que Ryan no se va a enfadar con Kyle, todo lo contrario.

Porque el príncipe necesita a la princesa, y las camisetas y los pantaloncitos son accesorios. Se compran con dinero y el corazón no entiende de eso, sólo de momentos y sentimientos.

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