Anécdotas de un trayecto en autobús

El sonido de dos muletas contra el suelo.

Los ágiles y rítmicos movimientos de dos manos siguiendo la melodía que se escapa de unos cascos.

Suspiros que, meses más tarde, empañarán el cristal.

El repiqueteo de una tarjeta contra un móvil.

Los vaivenes de unos pies inquietos.

Uñas mordidas, labios secos.

Relojes que se van a desgastar de tanto mirarlos.

Manos jóvenes sobre las barras rojas, algunas agarradas con fuerza, otras tan delicadamente que un brusco empujón las hace caer.

Párpados pesados que anhelan cerrarse, cabellos revueltos.

Pañuelos de papel.

Bufandas que no abrigan lo suficiente.

Miradas de desconocidos que jamás se volverán a ver.

Miradas de desconocidos que desean volver a verse.

Asientos libres, asientos vacíos.

“Por favor, pasen a la parte trasera del autobús. Gracias”.

Apuntes de exámenes a los que sería mejor nunca llegar.

Libros que te atrapan y no te sueltan ni en el transporte público.

Whatsapps, pous, anrgy birds, jewels.

Conversaciones ajenas que invaden otras mentes.

Respiraciones agitadas por la carrera.

Mochilas, carritos de bebé, carros de la compra, paquetes y tablas.

Y muy de vez en cuando, una historia escondida entre todas estas pequeñas cosas.

Y cada día, miles de historias colisionando, montones de pequeños universos ajetreados, moviéndose de acá para allá, en el despertar de la gran ciudad.

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