17.

Salí del portal y una vez en la calle oí el portazo de la puerta de cristal.

Casi no me di cuenta de aquel pequeño detalle cuando pasé por delante del quiosco. Junto al cartel que llevaba allí colgado desde hacía unos días, aquella lamina blanca en la que decía :”cerrado por jubilación”, había un pequeño ramillete colgado de un clavo con una cuerdecilla. Mi primera intuición fue pensar que allí había muerto alguien, pero por alguna extraña razón sabia que no era así. Por primera vez después de tanto tiempo, hice algo insospechado, pararme junto al pequeño ramillete. Llegaba tarde al trabajo, algo también raro en mí, y sin embargo me paré y rocé con una mano el cartelito, colocándolo mejor. Al fin y al cabo era un perfeccionista, me dedicaba a mejorar las cosas, equilibrarlas. Y aun así… a veces me daba cuenta de que todo estaba mejor sin que yo interviniera intentando alcanzar la perfección. En el desorden, las cosas defectuosas, había algo. Un no sé que, una esencia que yo siempre me perdía al cambiar todo. Miré el ramillete con atención. Quizás lo había colocado allí el señor Anselmo, el antiguo propietario del quiosco que había en medio de la calle, aquel que incluso había salido en fotos antiguas, y que ahora estaba cerrado. Quizás era un símbolo de la muerte del quiosco, pero en seguida deseché esa idea. Era imposible que aquel señor fuese simbolista, si apenas sabía escribir bien, y eso que era muy culto, se pasaba el día con la nariz metida entre las páginas de los periódicos. Su lenguaje era familiar, pero delicado. Medía las palabras antes de hablar, y lo más importante, sabía calar a las personas. A mí me caló perfectamente, y eso que ni siquiera había comprado nunca nada en su puesto. Un día que llovía, yo estaba peleando con el paraguas para que no se me retorciera y él estaba ahí en frente recogiendo las revistas que colgaban de las paredes de metal del puesto. Entonces me dijo: no lo va a conseguir. Y justo después se me rompió el paraguas. Recuerdo que me quedé completamente parado, dejando que la lluvia me empapara. Luego me acerqué al quiosco a refugiarme de la lluvia. Yo no le pregunté nada, pero él habló.

-¿Cual es el objetivo de intentar arreglarlo todo?

Lo interpreté como una crítica hacia mi persona, pero no dije nada. Aún notaba el sablazo en mi corazón.

-Eso es lo que me pregunto cada día. Esas revistas se han mojado, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Pero, ¿y si así es como tiene que ser? Al fin y al cabo, ya no iba a venderlas, las tendría que empaquetar y devolver. Su vida ha sido mejor, han experimentado la lluvia. Estaban destinadas a algo más que a seguir la norma del consumismo.

Aquel hombre no era un simbolista, pero podría haber sido un poeta. Bueno, quizás uno de los malos, de los que gustan porque componen poemas sencillos, pero poeta al fin y al cabo. Después del sablazo que había recibido, aquellas palabras me llegaron todavía mas hondo. Era lo más sincero que oía en mucho tiempo. Cualquiera habría salido huyendo y diciendo: está usted loco, las revistas no tienen vida, pasar tanto tiempo entre periódicos le ha afectado.

Pero yo no. Por una vez el perfeccionista no trató de controlar la situación.

Y allí estaba, como un tonto, una de esas personas que no hacen más que soñar despiertas, mirando el ramillete. Algunas flores estaban medio rotas, con los tallos a punto de vencer y partirse. Los pétalos también estaban un poco marchitos, y descubrí una pequeña nota entre las flores. Eso me recordó a aquella novia que me había dejado por no regalarle flores en dos años. Otro puñal que se clavó en mi piel. Ese pequeño detalle no importaba, y lo sabía. Era una mera escusa. La verdad es que ella había conocido a otro. Pero me machaqué con el asunto de las flores incluso después de verlos enrollarse en aquella cafetería.

Cogí la nota con decisión, y al segundo me arrepentí. Eso no era para mí. Estaba invadiendo la intimidad de otra persona. Pero estaba en la calle. Y no ponía el nombre de nadie. Desdoblé el papel, con una pequeña esperanza de que perteneciera al señor Anselmo.

“Que tengas un buen día”.

Sonreí. Qué simple. Una frase como otra cualquiera. Gastar dinero en flores para… entonces comprendí. Podía ser la frase más tonta del mundo, pero era más efectivo que un verso complicado o una línea de una novela. Me había hecho sonreír. Espontaneo y despreocupado, así era el mensaje. Y sabía que yo jamás podría llegar a escribir nada así. Giré la nota, buscando un nombre, algo.

Había un número.

“17”.

¿Qué significaba eso?

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