17.

Salí del portal y una vez en la calle oí el portazo de la puerta de cristal.

Casi no me di cuenta de aquel pequeño detalle cuando pasé por delante del quiosco. Junto al cartel que llevaba allí colgado desde hacía unos días, aquella lamina blanca en la que decía :”cerrado por jubilación”, había un pequeño ramillete colgado de un clavo con una cuerdecilla. Mi primera intuición fue pensar que allí había muerto alguien, pero por alguna extraña razón sabia que no era así. Por primera vez después de tanto tiempo, hice algo insospechado, pararme junto al pequeño ramillete. Llegaba tarde al trabajo, algo también raro en mí, y sin embargo me paré y rocé con una mano el cartelito, colocándolo mejor. Al fin y al cabo era un perfeccionista, me dedicaba a mejorar las cosas, equilibrarlas. Y aun así… a veces me daba cuenta de que todo estaba mejor sin que yo interviniera intentando alcanzar la perfección. En el desorden, las cosas defectuosas, había algo. Un no sé que, una esencia que yo siempre me perdía al cambiar todo. Miré el ramillete con atención. Quizás lo había colocado allí el señor Anselmo, el antiguo propietario del quiosco que había en medio de la calle, aquel que incluso había salido en fotos antiguas, y que ahora estaba cerrado. Quizás era un símbolo de la muerte del quiosco, pero en seguida deseché esa idea. Era imposible que aquel señor fuese simbolista, si apenas sabía escribir bien, y eso que era muy culto, se pasaba el día con la nariz metida entre las páginas de los periódicos. Su lenguaje era familiar, pero delicado. Medía las palabras antes de hablar, y lo más importante, sabía calar a las personas. A mí me caló perfectamente, y eso que ni siquiera había comprado nunca nada en su puesto. Un día que llovía, yo estaba peleando con el paraguas para que no se me retorciera y él estaba ahí en frente recogiendo las revistas que colgaban de las paredes de metal del puesto. Entonces me dijo: no lo va a conseguir. Y justo después se me rompió el paraguas. Recuerdo que me quedé completamente parado, dejando que la lluvia me empapara. Luego me acerqué al quiosco a refugiarme de la lluvia. Yo no le pregunté nada, pero él habló.

-¿Cual es el objetivo de intentar arreglarlo todo?

Lo interpreté como una crítica hacia mi persona, pero no dije nada. Aún notaba el sablazo en mi corazón.

-Eso es lo que me pregunto cada día. Esas revistas se han mojado, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo. Pero, ¿y si así es como tiene que ser? Al fin y al cabo, ya no iba a venderlas, las tendría que empaquetar y devolver. Su vida ha sido mejor, han experimentado la lluvia. Estaban destinadas a algo más que a seguir la norma del consumismo.

Aquel hombre no era un simbolista, pero podría haber sido un poeta. Bueno, quizás uno de los malos, de los que gustan porque componen poemas sencillos, pero poeta al fin y al cabo. Después del sablazo que había recibido, aquellas palabras me llegaron todavía mas hondo. Era lo más sincero que oía en mucho tiempo. Cualquiera habría salido huyendo y diciendo: está usted loco, las revistas no tienen vida, pasar tanto tiempo entre periódicos le ha afectado.

Pero yo no. Por una vez el perfeccionista no trató de controlar la situación.

Y allí estaba, como un tonto, una de esas personas que no hacen más que soñar despiertas, mirando el ramillete. Algunas flores estaban medio rotas, con los tallos a punto de vencer y partirse. Los pétalos también estaban un poco marchitos, y descubrí una pequeña nota entre las flores. Eso me recordó a aquella novia que me había dejado por no regalarle flores en dos años. Otro puñal que se clavó en mi piel. Ese pequeño detalle no importaba, y lo sabía. Era una mera escusa. La verdad es que ella había conocido a otro. Pero me machaqué con el asunto de las flores incluso después de verlos enrollarse en aquella cafetería.

Cogí la nota con decisión, y al segundo me arrepentí. Eso no era para mí. Estaba invadiendo la intimidad de otra persona. Pero estaba en la calle. Y no ponía el nombre de nadie. Desdoblé el papel, con una pequeña esperanza de que perteneciera al señor Anselmo.

“Que tengas un buen día”.

Sonreí. Qué simple. Una frase como otra cualquiera. Gastar dinero en flores para… entonces comprendí. Podía ser la frase más tonta del mundo, pero era más efectivo que un verso complicado o una línea de una novela. Me había hecho sonreír. Espontaneo y despreocupado, así era el mensaje. Y sabía que yo jamás podría llegar a escribir nada así. Giré la nota, buscando un nombre, algo.

Había un número.

“17”.

¿Qué significaba eso?

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Anécdotas de un trayecto en autobús

El sonido de dos muletas contra el suelo.

Los ágiles y rítmicos movimientos de dos manos siguiendo la melodía que se escapa de unos cascos.

Suspiros que, meses más tarde, empañarán el cristal.

El repiqueteo de una tarjeta contra un móvil.

Los vaivenes de unos pies inquietos.

Uñas mordidas, labios secos.

Relojes que se van a desgastar de tanto mirarlos.

Manos jóvenes sobre las barras rojas, algunas agarradas con fuerza, otras tan delicadamente que un brusco empujón las hace caer.

Párpados pesados que anhelan cerrarse, cabellos revueltos.

Pañuelos de papel.

Bufandas que no abrigan lo suficiente.

Miradas de desconocidos que jamás se volverán a ver.

Miradas de desconocidos que desean volver a verse.

Asientos libres, asientos vacíos.

“Por favor, pasen a la parte trasera del autobús. Gracias”.

Apuntes de exámenes a los que sería mejor nunca llegar.

Libros que te atrapan y no te sueltan ni en el transporte público.

Whatsapps, pous, anrgy birds, jewels.

Conversaciones ajenas que invaden otras mentes.

Respiraciones agitadas por la carrera.

Mochilas, carritos de bebé, carros de la compra, paquetes y tablas.

Y muy de vez en cuando, una historia escondida entre todas estas pequeñas cosas.

Y cada día, miles de historias colisionando, montones de pequeños universos ajetreados, moviéndose de acá para allá, en el despertar de la gran ciudad.

Our little secret

Levantó la cabeza del papel y miró en la misma dirección en la que llevaba mirando durante la pasada media hora. En la mesa de enfrente estaba sentado él. Permanecía con la cabeza levemente inclinada y los hombros hundidos, concentrado, moviendo el boli sobre el papel. Ella sacudió la cabeza, intentando desviar la vista hacia otro lugar de la sala, sin obtener resultado alguno. Tenían examen a ultima hora y no conseguía concentrarse, no teniéndolo en su campo de visión. Lo contempló durante unos segundos más, y percibió que estaba nervioso debido al movimiento rápido y repetitivo de su pierna.

“Espero que esté repasando y no se haga chuletas”, pensó ella. Él era un buen chico, bastante listo pero un poco vago. “Aunque entonces tendría una razón para que no me gustara”. Una razón tonta al fin y al cabo, pero una razón. Lo único que ella necesitaba era una razón para convencerse de que quererle era una locura. Ni siquiera estaba muy segura de su color de ojos, nunca le había dirigido la palabra. Precisamente por eso no le gustaba nada la idea de enamorarse de él.

“Supongo que si no hablamos realmente no lo conozco y eso no es amor, sólo una fantasía en mi cabeza”, dijo para sus adentros, en vez de estar repitiendo fórmulas matemáticas.

Tocó el timbre que anunciaba el final de la hora de estudio y las personas que había en la biblioteca empezaron a recoger, mientras otras nuevas llegaban a ocupar los sitios vacíos. Ella se levantó y cogió sus cosas. Procuraba mantenerse recta y caminar con cuidado de no tropezarse, sin embargo cuando pasó a su lado seguía sintiéndose igual de torpe que siempre, un desastre con patas, el patito feo que no merecía ni una de sus miradas.

Pero lo que ella desconocía era que tan pronto como sus ojos se encontraban con el suelo, él la fotografiaba mentalmente para recordarla en sus sueños.

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Microrrelato

Abrí un viejo cuaderno y encontré una fotografía dentro. De pronto todo volvió a mi mente: los poemas que él recitaba con pasión, las clases de arquitectura que me daba junto a las arquivoltas de los antiguos edificios. Pero también recordé aquel día en el hospital. El médico dijo que había sido un paroxismo. Murió por culpa de un paroxismo. Lloré sin saber muy bien que significaba aquel término. Lloré agazapada encima de la cama, rodeada de sombras. La rabia se apoderó de mí y quise desgarrar el uniforme del colegio, pero la tela no cedía. Aún así… nunca pensé en romper la fotografía.

Laundry Room

Miro al techo, esperando encontrar una superficie lisa y blanca, pero lo que veo son dos chicles pegados amenazando con caerme en la cabeza. Pongo una mueca de asco y me froto un brazo para entrar en calor. Estoy en el piso de abajo de la casa de Eliza, una completa casa inglesa de planta y piso. La lavadora hace bastante ruido, es antigua y parece a punto de romperse de un momento a otro. El cubo de la ropa sucia, vacío, descansa encima de la secadora, y allí no hay nada interesante que hacer, salvo revivir los recuerdos recientes de la fiesta una y otra vez.

Desbloqueo la pantalla del móvil, esperando descubrir que es tarde, muy tarde, pero no han pasado ni diez minutos desde que metí las mallas en la lavadora. Dejo el móvil encima, y observo durante unos segundos como se mueve peligrosamente hacia el borde debido a la continua vibración de la maquina que está intentando limpiar el vómito de mis preciosas y nuevecitas mallas. Suspiro, mirando a la nada con ojos cansados. Tengo el pelo hecho un asco, y para colmo los pantalones que me ha prestado Eliza son horribles. No es que ella tenga mal gusto, pero es más rellenita que yo y esos son los únicos vaqueros que no se me caen. Y más que pantalones son un mini cinturón. Me ha dicho que no sabe ni como alguien le ha podido regalar eso, que ya ni siquiera recuerda de quien fue ese regalo. Yo, sin embargo, recuerdo perfectamente la cara del chico que me ha potado encima.

Bueno, por lo menos la camiseta que llevo (esta sí que es de mi propiedad), es bastante larga y me cubre casi por completo los shorts. Bostezo y pongo los brazos en jarras. Sí que tarda el programa corto de la lavadora.

Ronnie. Así se llama el chico que me ha estropeado la noche. Estoy tan harta de él… todo el mundo siempre hablando sobre él, sobre lo popular, lo guapo que es… con ese estúpido nombre que todas las chicas dicen que es de estrella de rock… ¿Estrella de rock? ¡Ja! Pero si tiene nombre de chica.

Sonrío amargamente. Lo que ha pasado tiene su lado bueno, me debe unas mallas y además ya no me volverá a hablar en ninguna otra fiesta, así que me lo quito de encima. No soporto que en todas las ocasiones que coincidimos se haga el interesante conmigo y que tontee. Bueno, tontear no es que tontee mucho, porque yo le corto rápidamente. Ni siquiera le gusto, solo se quiere hacer el chulito delante de sus amigos porque yo no soy “una chica fácil”. Tampoco es que yo sea más difícil que las demás, es solo que no me gusta, eso es todo.

Oigo ruidos de pisadas y espero que sea Eliza, para decirme que sus padres ya han vuelto.

-Hola, hola. – Una voz grave me hace saber que no es mi amiga. Cojo aire y rezo para que no haga ningún comentario sobre lo ligerita que voy de ropa, porque ya he tenido bastantes borrachos por hoy.

Se acerca a una distancia prudencial de mí, pero se queda detrás. Me pongo nerviosa, así que decido girarme para verle la cara. Es Kyle, menos mal.

-¿Fly? No sabía que eras tú. – Me dice, poniéndose a mi lado.

-Yo tampoco imaginaba que eras tú – digo. Él va sin camiseta. – ¿A ti también te han potado encima?

-No, es que tengo calor – dice en tono irónico. – Lo mío ha sido Coca-Cola con Vodka. Espero que salga la mancha.

Como siempre, alguien ha conseguido colar alcohol en la fiesta. Cuando Eliza se entere se va coger un cabreo…

-¿Está dentro de la lavadora? – Pregunto. Cuando he llegado había un montón de gente metiendo cosas para lavar, y ahora la casa está medio vacía. Seguramente le tocará a Eliza ir el lunes repartiendo por la clase ropa.

-Sí, ¿llevas mucho tiempo esperando?

Desbloqueo el móvil.

-Unos quince minutos. Supongo que aún quedará un ratillo.

Él mira al suelo y saca el aire por la nariz, pues mantiene las mandíbulas apretadas. Conozco a Kyle desde que éramos críos y básicamente me sé su vida entera. No somos los mejores amigos, pero de vez en cuando nos contamos las novedades y tenemos confianza.

-¿Y a ti que te pasa? Si es por si tus padres te echan bronca, tú no te preocupes que Liz y yo te acogemos y comparto mi saco de dormir.

Él sonríe.

-Uy, esa oferta resulta tentadora, pero si me levanto a la mañana siguiente con un ojo morado…

Levanto las cejas y entorno los ojos.

-Que tampoco pego a la gente cuando estoy dormida, solo te dije que me muevo un poco.

Él niega con la cabeza.

-Gracias pero… no es eso.

Espero un poco, hasta que aclara:

-Emma.

Levanto la cabeza levemente, comprendiendo. Lleva coladito por ella desde hace casi medio año.

-Creo que la he cagado. – Me dice, agachando la cabeza.

Me fijo en que le sobresale la goma de los calzoncillos por encima de los vaqueros. Calvin Klein, eh.

-¿Y eso? – Pregunto refiriéndome a la razón por la que ha echado todo al traste con esa chica, no por la marca de los calconzillos.

Él sacude la cabeza.

-No preguntes… simplemente ha sido peor que vomitarle encima, créeme.

-Venga ya, ¿qué puede ser peor que cargarte los vaqueros favoritos de una chica? Esos que te quedan genial y encima son bonitos. – Le digo. Esos que solo se encuentran una vez en la vida.

-Muchas cosas. Demasiadas. – Dice él.

Sigue mirando al suelo, como si tuviera miedo de levantar la vista y encontrarse con mis ojos. Como si temiera mirarme y no poder guardar el terrible secreto de todas las atrocidades que dice haber cometido. Musito un pequeño “hum”, a la vez que levanto los hombros. No le voy a someter a un interrogatorio, si quiere contármelo, ya me lo contará. Porque por mi parte, hay cosas que me he reservado y todavía no pienso contarle. Como que me gusta su mejor amigo.

Un silencio llena la habitación. Kyle suelta una carcajada y se revuelve el pelo corto.

-Lo peor es que la camiseta es de Ryan. – Suelta de repente.

Me pongo en tensión al oír su nombre. Cojo aire. Espero que Kyle no note nada raro.

-Me la prestó porque me encanta, y ahora… me va a matar.

Le miro de reojo, y me toco la mejilla derecha disimulando, apartándome el pelo de la cara. Menos mal, no estoy ardiendo. No me gustaría ponerme roja ahora, y menos cuando sé que yo nunca consigo resistirme a las preguntas de Kyle. Él sigue clavando sus ojos en los míos, con una amplia sonrisa en los labios. La misma sonrisa que siempre muestra, y que lo hace ser él. La sonrisa que ni siquiera los problemas pueden borrar.

-Oye… algún día podrías venirte con nosotros a dar una vuelta por ahí… nunca hemos quedado los tres juntos, y estoy seguro de que Ryan y tú os llevaríais muy bien. – Dice.

¿Que qué de qué? Vale. Noto el calor subiéndome por la cara. Ya no hay remedio. Llevarnos bien, dice.

-Tú y yo somos amigos… no veo por qué no puedes ser amiga de Ryan. – Él continua hablando, a pesar de que yo he girado la cara y miro a la pared. Ya sé que me ha visto la cara. Y no es tonto. Pero supongo que tiene sus dudas sobre si es el nombre de Ryan lo que produce el color rojo de mis mejillas, o es pura coincidencia.

Me pone una mano en el antebrazo, tirando un poco de mí para que me gire y lo mire.

-Eh. – Dice. Pero yo simplemente sigo mirando a la pared, en un gesto que me parece infantil, estúpido e irracional. Pero así es como me comporto cuando no puedo ocultar mis sentimientos. – Eh. – Vuelve a decir él, y me agita el brazo con fuerza.

Le miro, dispuesta a decírselo. Llevo demasiado tiempo ocultándoselo. Demasiado tiempo queriendo a Ryan en silencio. Si después se lo cuenta a su amigo… me da igual. Prefiero saberlo ya. Quiero saber ya si nunca voy a poder tener nada con él.

Kyle me mira. Y por primera vez, parece ponerse incómodo.

-Fly… a mí… a mí me gusta Emma. – Dice mirándome con tristeza en los ojos.

Claro. Claro que le gusta Emma, eso ya lo sé. ¿A qué viene…? Oh. Oh, no.

-¿Es que piensas que me he puesto roja por ti? – Digo, incrédula. Lo siento mucho, pero para mí Kyle siempre estará en la categoría de amigos, y esa línea es difícil de traspasar.

-Si no es por mí, ¿entonces por qué?

La fuerza y el valor acaban de huir. Me han abandonado. Y la cobardía se une a la vergüenza.

-Tengo calor.

Él me mira sin creérselo. Vale, lo admito, no se me da bien mentir, y menos bajo presión.

-Es… es por…

Tomo aire por la nariz y lo expulso por la boca varias veces. Allá vamos…

-No digas nada. Ronnie. – Me corta.

Abro unos ojos como platos. Estoy dispuesta a abrir la boca y poner una mueca de asco, pero me reprimo. ¿Esto es mejor que confesarle que…?

Alguien baja corriendo por las escaleras y cuando los dos nos giramos para contemplarlo tengo la certera sabiduría de que esto es más surrealista que una telenovela.

-Kyle, llevo buscándote por toda la casa. ¿Qué haces sin camiseta? – De pronto nos mira a ambos alternativamente – no me digas que tú y Fiona…

Kyle y yo nos miramos. Y rompemos a reír. Lo que me faltaba ya. Ryan cree que Kyle y yo estábamos a punto de liarnos.

Cuando acabo de reír veo que Ryan, con su pelo despeinado y sus ojos claros, se ha puesto junto a nosotros.

-No la llames Fiona, no le gusta – le dice Kyle. – Todos la llaman Fly.

-Todos menos Ronnie. Para él soy Fiona, y que corra el aire – le digo, todavía con lágrimas en los ojos debido a la incontrolable risa de hace unos momentos.

-¿Entonces no te…? – Dice Kyle, alzando las cejas en una expresión graciosa.

-¡No! ¡Uff! Que no tengo tan mal gusto… – digo riéndome.

Cuando a Kyle y a mí se nos pasa el pavo, miro tímidamente a Ryan y me doy cuenta de que me está mirando. Aparto la mirada y desbloqueo la pantalla del móvil, intentando acostumbrarme a la extraña sensación de tenerlo tan cerca, y de saber que me está prestando atención.

-Pues he estado a punto de creer que estabas colgada de Ronnie. – Dice Kyle.

-Ya he tenido bastante con su vómito, no quiero nada más que venga de su boca, ni siquiera sus palabras…

-Hablando de cuelgues, Emma sigue en la casa, y me ha preguntado si sabía dónde estabas – le explica Ryan a Kyle.

-¿Estás tonto? ¿Por qué no me lo has dicho antes? ¿Dónde está? – Pregunta Kyle rápidamente, avanzando hacia las escaleras, dándose la vuelta y volviendo a donde estamos nosotros dos. Su energía y nerviosismo se transmite en sus gestos.

-Cuando la he visto estaba en la cocina con un par de chicas.

Kyle da grandes zancadas y sube las escaleras de dos en dos.

-De nada… – Dice Ryan cuando Kyle ya ha desaparecido. Los dos permanecemos mirando a los escalones, hasta que Ryan se gira y me mira.

-Bueno… ¿qué hacemos? – Me mira a la vez que mueve los labios. Esos labios tan besables que son los únicos que me pueden desconcentrar de los mil tonos de sus preciosos ojos. Me está hablando a mí. Parpadeo un par de veces, y toso para ganar tiempo. Esto de no poder prestar atención cuando él me está hablando así de cerca tiene sus consecuencias, tengo que empezar a controlarme.

Entonces veo la lavadora y pienso que soy tonta. ¿Qué vamos a hacer en un cuarto con una lavadora? Dios, ni que eso fuera con dobles intenciones. Ni siquiera sabía que prefiero que me llamen Fly…

-Yo esperar a que salgan mis mallas – respondo, señalando con la mirada la lavadora.

-Pues espero contigo. – Dice, y se coloca a mi lado mirando la ruidosa máquina. – Así te hago compañía y no te aburres.

Sólo está siendo majo, sólo está siendo majo, sólo está…Me resisto a mis pensamientos pero finalmente caigo como la tonta enamorada que soy, y en mi mente una vocecilla exclama: ¡Qué mono!

De pronto oímos un portazo y noto una brisa de aire frío. Me estremezco y se me pone la carne de gallina. Y no puedo evitar estornudar. Miro a Ryan de reojo y él me sonríe.

-¿Tienes frío? – Me acabo de dar cuenta de que lleva una chaqueta puesta.

-No, no. Estoy bien. – Le digo, aunque mi piel dice lo contrario.

Miro a la pared, aunque lo que me gustaría mirar son sus ojos. Podría pasarme horas contemplando sus ojos, perdiéndome en ellos. Pero quedaría como una tonta y rara. Y le daría miedo quedarse a solas conmigo.

Oigo el sonido de la cremallera, y cuando lo miro se está quitando la chaqueta. Y me la ofrece.

-No, gracias, pero de verdad que no tengo frío… – le digo. No puedo aceptarlo. No puedo ponerme su chaqueta. Bueno, sí que puedo, pero no quiero. Qué demonios, claro que quiero, joder. Pero sé que si lo hago será peor para mí. Porque ni siquiera somos amigos. Los amigos no hacen esto. Los casi desconocidos no te crean falsas esperanzas. Los conocidos no son tan caballerosos. Y Ryan tendría que haberse dejado puesta la maldita chaqueta.

-Fly, va, póntela. – Me ofrece la chaqueta una vez más, y noto como se tensiona el músculo de su brazo cuando levanta la chaqueta. – Seguro que tienes frío con esos pantalones tan cortos, y a mí no me hace falta.

Me pongo roja. Ya podría extendérseme el calor que siento en la cara a todo el cuerpo. Cojo la chaqueta, extremadamente avergonzada. ¿Por qué se ha tenido que fijar en mí justo cuando llevo esto puesto?

-No son míos. – Digo mientras meto los brazos en la chaqueta y noto el tacto cálido de la tela en mi piel. Todavía conserva parte del calor corporal de Ryan. Me está bastante grande, así que decido no cerrármela para no parecer una albóndiga deforme. – Los pantalones, digo.

Él me mira.

-¿Y a quién se los has quitado?

-No se los he quitado a nadie, no soy una ladrona. Me los ha prestado Eliza. Me han potado en las mallas. – Le digo señalando con mi dedo acusador la lavadora.

-Pues te podría haber dejado algo más corto – dice riendo.

-Creo que eso es imposible – admito. Lo miro a los ojos pero él no mira mi cara precisamente.

-Da igual, te queda bien.

De nuevo el calor en la cara. Sólo es un cumplido. Sólo es majo. Sólo…

-Yo no me habría puesto esto ni muerta.

-¿Por qué? – Pregunta, mirando mis piernas, haciéndome sentir como un flan a punto de ser devorado.

Porque no me gusta llamar la atención, no de esta manera. Porque me siento como si fuera un objeto y no una persona. Porque apenas me has mirado a los ojos. Porque unos malditos pantalones tienen más efecto en los chicos que cien palabras.

-Es muy atrevido. No es mi estilo – digo, con un ademán que indica que esto está totalmente fuera de mi armario.

Nos quedamos en silencio, y no estoy nerviosa. Tampoco siento ya ningún calor en mis mejillas. No quiero que piense que soy alguien que no soy. No quiero que la forma de vestir influya en que él se fije en mí o no. Pero influye. Y lo estoy comprobando ahora. Suspiro. Es un chico, como todos. Tiene ojos en la cara. Es normal. Pero preferiría que no fuera así.

Él pega una patada al aire y se mueve sobre sus pies. Entonces da un mini paso hacia su derecha, acercándose más a mí.

Abre la boca para decir algo, pero entonces la lavadora hace un ruido estrepitoso. El programa ha acabado. ¡Por fin! Me pongo en cuclillas, esperando a que todo el agua del tambor se vaya. Entonces abro la puertecilla. Me levanto y cojo el cesto de encima de la secadora.

Echo toda la ropa en el cesto y rebusco mis mallas. Las encuentro y las miro, pasando mis ojos por toda la tela, buscando algún rastro de vómito. El blanco de los bajos está ligeramente amarillento, pero casi no se nota. ¡Puf! Están salvadas. Les quedan seis vidas todavía por vivir.

Sacudo las mallas y las doblo. Entonces miro la secadora y dudo.

-¿Deberíamos meter la ropa en la secadora? – Pregunto. No tengo ni idea de qué hacer, y aunque no creo que Ryan me solucione las cosas, una segunda opinión nunca viene mal.

Él me mira arqueando las cejas y poniendo una mueca graciosa que indica que no lo sabe. Abro la tapa de la secadora y descubro que allí dentro hay más ropa, aunque seca, limpia y de la familia de Eliza. Me decido a sacar todo y doblarlo, es lo mínimo que puedo hacer para compensar a Liz por salvar mis mallas. Bueno, la que las salvó fue la lavadora, pero eso da igual. Pongo el barullo de ropa encima de la mesa que hay justo al lado de la secadora y comienzo a separar cosas. Tiro de la manga de una sudadera y la doblo.

Entonces Ryan coge una camiseta y me imita. Me extraño, pero no digo nada. Es mejor estar en silencio que hablar, y no quiero irme tan pronto. Por eso si alguien bajara y nos viera se reiría de nosotros. Aquí estamos, calladitos y doblando prendas de ropa que no son nuestras como dos buenos chicos.

-El último año de instituto ya. Seniors. Y después a vivir la vida. – Comenta él animadamente.

-Si llamas vivir la vida a tener que ir a la universidad… – le digo. La verdad es que nunca me ha gustado la idea de tener que dejar todo lo que conozco. No sólo los pasillos llenos de conocidos del instituto, no sólo los amigos. Tener que mudarme a otra ciudad para poder estudiar en una buena universidad, no ver a mi familia tan a menudo, compartir piso… lanzarme a la aventura de descubrir un mundo totalmente nuevo por mí misma, completamente sola. Y todo porque vivimos en América y las distancias son inmensas. Sacarse el carné y pasar media vida en la carretera es algo que la gente lleva en los genes. Y parece ser que yo soy la única que se muestra reacia a aceptarlo.

-Conocer a gente nueva va a ser genial. Y estudiar lo que de verdad te gusta…

-¿Qué quieres estudiar?

-Magisterio. Quiero ser profesor de infantil. Me encantan los niños – los movimientos de sus manos sobre la ropa se hacen más lentos, y tiene una nota de ilusión en la voz. Me mira y aunque no está sonriendo puedo ver la alegría a través de su mirada.

-¿Esos pequeños monstruitos? Ya me dirás si sigues pensando igual después del primer día, cuando salgas con pegamento en el pelo y purpurina en la ropa. – No me gustan los niños desde que tuve que hacer de canguro de dos pequeños demonios.

Él ríe, y yo tengo la certeza de que no me importaría pasarme la vida oyendo esa maravillosa risa. Siempre y cuando se riera conmigo y no de mí, claro está.

Me pregunta por las notas, las optativas que he escogido y la carrera que haré. Me siento muy cómoda hablando con él. Hace un par de bromas y yo le vacilo un poco.

-Me gusta hablar contigo… ¿Cómo es que casi nunca hablamos? – Su voz cada vez me parece más bonita.

-Yo también me pregunto lo mismo.

-Seguro que es culpa de Kyle, que se reserva las mejores chicas para sí mismo.

Río. ¿Yo, una de las mejores chicas?

-No creo que sea eso, simplemente no hemos coincidido. – ¿De verdad estamos teniendo esta conversación o estoy soñando despierta?

Nunca ha habido momentos para hablar así de relajados. Pero todo llega a su tiempo, ¿no?

-Un día tenemos que quedar.

-Os tomo la palabra. Ya me lo ha dicho Kyle antes y ahora tú me lo repites. Por lo que se ve no me puedo negar, a ver si me vais a hacer algo – digo bromeando.

-Yo me refería a quedar tú y yo solos – su boca ya no muestra una sonrisa y sus ojos están expectantes. Quiere una respuesta. ¿Qué se supone que tengo que decir?

-Guay. – Respondo con una sonrisa y sigo doblando ropa. He elegido el papel de amiga maja, como siempre. Y creo que de esta no me salvan ni los mini pantaloncitos.

Por el rabillo del ojo veo que Ryan sigue parado, observándome.

-Fly, mírame.

Me quedo parada tal y como estoy, con un pantalón en las manos y los brazos estirados apoyados encima de la superficie de la mesa, y simplemente giro la cabeza.

Él se acerca mucho a mí, mirándome. Me coge con una mano de la barbilla y yo suelto lo que tengo en las manos y me pongo frente a él. Poco a poco la distancia entre nuestras cabezas se va haciendo más pequeña y no sé qué hacer. No tengo ni idea de por qué está pasando esto.

Apenas a unos milímetros, nuestras narices están a punto de rozarse.

BEP, BEP. Notificador de mensaje.

Pego un respingo y como si nos hubiéramos despertado repentinamente de un sueño, la distancia entre nuestros cuerpos se agranda.

Él se pasa una mano por la nuca y toma aire mirándome, como si yo le hubiera pedido explicaciones. Yo no me muevo.

-Te…tenías una pestaña en la mejilla. Por eso… yo… quería quitártela… – dice mirándome a mí y a las paredes respectivamente.

Me paso las manos por las mejillas y no noto nada. Cuando me miro los dedos tampoco encuentro ninguna pestaña.

-Ya está, ya te la has quitado. – Dice.

Es posible, pienso. Es posible que en serio tuviera una pestaña. Y también es posible que Ryan se arrepienta de haber intentado besarme en un impulso irracional y precipitado. Porque no creo que lo que estuviera haciendo fuera comprobar mis defectos más de cerca.

-¿No miras el móvil? – Le pregunto. Al fin y al cabo por culpa de ese asqueroso cacharro me he quedado sin probar sus labios, y sin pestaña.

-Ah, es verdad. – Saca el móvil del bolsillo, un LG negro sin carcasa.

Lo mira y tras pulsar la pantallita y estar varios segundos leyendo, lo guarda. Nos quedamos en silencio, yo mirándolo a él y él mirando al suelo. ¿Y es él el que está incómodo? Pero si no he sido yo la que se le ha lanzado al cuello sin previo aviso.

-¿Por qué no te pones una canción para recibir los mensajes? Un pitido es muy soso – le digo.

-En mi móvil no se puede, lista. – Contesta acercándose a mí y restableciendo la distancia normal a la que dos personas se hablan.

-Anda ya, en todos se puede, es que no sabes. Déjamelo. – Extiendo una mano y él me tiende su teléfono. Voy al icono de galería multimedia y pulso una canción cualquiera. Le doy a opciones y sólo me aparece la opción de definir como tono de llamada. – Que raro.

Me meto al menú de los mensajes, a ver si allí hay una opción de ajustes. Y sin quererlo lo veo. No puedo evitar pasar los ojos por la pantalla y detenerme en ese diminuto mensaje de una chica. Ese mensaje tan corto que se lee en la pantalla principal de los sms. “Gracias guapo, te quiero! ;-*”. Mis dedos bailan en la pantalla hasta encontrar la maldita opción de ajustes, pero por allí no hay más que cosas extrañas de mensajes de difusión. Me tiemblan las manos y no tengo ganas de mirarlo a la cara.

No tiene por qué significar que tiene novia. Pero desde luego, significa que pronto la tendrá, y que no voy a ser yo.

-Lo siento. – Le tiendo el móvil y me arrepiento de todo. Ahora estoy destrozada. Ya no me importan ni las mallas, ni Ronnie, ni los pantalones. Tengo ganas de irme a dormir y no despertarme hasta dentro de tres meses.

Él se ríe y hace un gesto con la cabeza que quiere decir “te lo dije”. Pero cuando lo miro a los ojos, a riesgo de destrozarme a mí misma todavía más, se da cuenta de que algo ha cambiado. De que ya no estoy tan vacilona como antes. Cojo de nuevo los pantalones arrugados de la mesa y me pongo a doblarlos. Suspiro y hago como que él no está en la habitación.

Bueno, era hora de darme cuenta de que él nunca iba a fijarse en alguien como yo. Los chicos como Ryan siempre están fichados por alguna chica más guapa. Una barbie que no se avergüenza de ponerse pantaloncitos.

-¿Y qué música me hubieras recomendado ponerme para los sms? – Sé que me está mirando y no quiero ser maleducada, pero sencillamente no puedo. No puedo aparentar que estoy bien cuando en realidad quiero morirme.

-Da igual, no te habría gustado.

Sigo doblando. Una camiseta. Un jersey. Unos calcetines. Una sudadera. Unos pantalones de chándal. Una chaqueta. Una camiseta de tirantes. Más calcetines. A Ryan le cuesta seguirme el ritmo, y todos los intentos de empezar una conversación son fallidos. No tengo ganas de hablar, porque sé que si hablo demasiado la voz me fallará. Las lágrimas harán que mi voz se quiebre y que él me mire preocupado. Y no le podré explicar qué me pasa. Esto no tendría que ser así. No me tendría que afectar tanto. Mi felicidad no tendría que depender de otra persona. Pero es así.

-¿Cuál es tu peli favorita?

Por fin lo miro. Sí que se está tomando molestias en hablar conmigo. Cualquier otro chico habría pasado de mí después de que yo le contestara mal un par de veces, pero él parece interesado en caerme bien. Es extraño.

-Puf, no te sabría decir. Hay montones que me encantan.

Hablamos un rato acerca de distintas películas y me sorprende que haya visto la mayoría de las que he visto yo. De repente mira hacia arriba, me coge por los hombros y me mueve hacia la derecha y hacia la izquierda.

-¡Qué te va a caer un chicle en el pelo! – Me agita de un lado para otro.

Chillo y me tapo las manos con la cabeza a la vez que cierro los ojos. Entonces él me suelta y se ríe señalando el techo.

-Era broma. No soporto los chicles, y tampoco la gente que se dedica a pegarlos por ahí. Me dan asco. – Dice poniendo una mueca.

-¿Ah, sí? Pues yo hace unos años estaba súper enganchada a comer chicle. Me encantaba, podía comer a todas horas, recuerdo que incluso me los tragaba. Pero ahora ya no me gusta mucho, no sé por qué.

-Mejor, mejor. Seguro que ya no te gusta porque tienes un mal recuerdo. Un chico te besó mientras estabas comiendo chicle y se te atragantó, ¿eh?

-En realidad creo que fue porque me pusieron aparato de pequeña, pero si te gusta más la otra historia…

-Me gustaría más que no existieran los chicles. Y puestos a pedir, que ese chico hubiera sido yo.

Abro unos ojos como platos, pero él ni siquiera me está mirando. Está concentrado en doblar bien una blusa transparente. ¿Acabo de oír lo que creo que he oído? ¿O son todo imaginaciones mías? Decido hacerme la tonta, porque estoy más confundida que una brújula cerca de un imán.

-¿Qué chico? – Probablemente crea que quiero oírlo otra vez, que tengo un ego tremendo. Pero no es así. Estoy temblando por dentro.

-El que te robó el primer beso.

Entonces me mira. Y yo no sé qué demonios es eso que siento por dentro pero es demasiado para mí. Es como si una descarga eléctrica, un escalofrío me recorriera de arriba abajo, y a la vez una sensación agradable se asentara en mi estómago. Sus ojos se ven tan bonitos. Una sonrisa tímida asoma a sus labios y sé que estoy perdida. Que es demasiado tarde para echar marcha atrás y no hundirme en su mirada. ¿Por qué me está haciendo esto? Está jugando conmigo. Tiene a la barbie que le dice que le quiere, ¿qué más necesita? ¿Un beso mío? El primero, nada más y nada menos.

Y el recuerdo de aquel día en el parque surge después de tanto tiempo en mí mente. La vergüenza, la rabia. Mi primer beso no fue nada especial, fue horrible. Y me dieron ganas de pegar a aquel odioso. Lo habría hecho si no me hubieran entrado ganas de llorar.

-…Bueno… sólo tendrías que viajar en el tiempo y convertirte en un niñato cualquiera del parque. – La rabia todavía se refleja en mi voz.

-Yo no era un niñato de pequeño. – Deja a un lado la blusa y me mira a los ojos.

-Entonces podrías haber hecho que fuera un recuerdo bonito, en vez de… – aprieto las mandíbulas. No sólo volví a casa manchada de barro. Cuando volví notaba que me faltaba algo, que me lo habían quitado.

-Ojalá hubiera estado allí. Habríamos jugado a dragones y princesas. – Se acerca más a mí y me coge de uno de los extremos de los cordones blancos de la chaqueta. – Tú estarías subida en el tobogán, eso sería el castillo. Nuestro castillo. Yo habría luchado con mi espada de madera fingiendo que era de verdad. Habría matado a todos los enemigos, esos que intentaban llegar hasta ti. Después subiría por las escaleras hasta donde tú estuvieras y te contaría toda la batalla. – Noto su aliento en mi nariz conforme va pronunciando las palabras. Me lo imagino todo. Me imagino los gritos de los niños, el sol en la piel. Me imagino llevando un vestido rosa y animando a Ryan desde arriba. Me lo imagino subiendo arriba y sonriéndome con sus dientes de leche.

-¿Y qué pasaría después?

-Después te cogería la mano y te besaría diciendo que pelear para ti fue un honor. Y que… que también sería un honor recibir un beso tuyo, pero no en la mejilla, uno especial. Entonces esperaría tu respuesta. – Está muy cerca, tanto que ni un millón de llamadas o sms nos separarían.

-Yo cerraría los ojos y tu creerías que lo estaba pensando. Pero entonces te darías cuenta de que la princesa no solo te había dado permiso, sino que te estaba esperando.

Ahora su nariz roza la mía y tal como la niña pequeña, la princesa, cierro los ojos. Los segundos se me hacen eternos, pero dicen que lo bueno se hace esperar. Por fin lo siento, no sólo en mis labios, también en mi piel, en mis pies que chocan con los suyos. Sus manos me rodean la cintura y me abraza. Y me parece que ya tengo un nuevo recuerdo que supera todo. Que entierra en el pasado mi primer beso. Que hace que me den igual las mallas. Que hace que el mundo se pare y sólo existan mis labios y los suyos. Y de repente me acuerdo de la camiseta manchada de vodka, y sé que Ryan no se va a enfadar con Kyle, todo lo contrario.

Porque el príncipe necesita a la princesa, y las camisetas y los pantaloncitos son accesorios. Se compran con dinero y el corazón no entiende de eso, sólo de momentos y sentimientos.

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Primeras impresiones.

Las primeras impresiones son juicios que hacemos a simple vista, sin conocer a las personas. Cuando están relacionadas con el instinto, a veces resultan ser verdad. Percibimos cosas de las personas sin saber muy bien cómo, y acertamos. Sin embargo, cuando podemos decir exactamente por qué pensamos algo de alguien que acabamos de conocer, eso es juzgar. La apariencia física, el comportamiento, es algo que se ve muy fácilmente. Para saber el color de ojos de alguien no hace falta mucho, simplemente mirarle a los ojos una vez. Pero para saber cuando es la última vez que ha llorado hace falta algo más, te tiene que haber dejado ver su corazón.

Lo único que hacemos es quedarnos en la fase fácil, creer que somos geniales y podemos juzgar a los demás sin equivocarnos, cuando en realidad es mucho mejor conocer a las personas y entenderlas. Porque, ¿quién sabe? Igual esa persona que te parece estúpida podría resultar ser exactamente todo lo que buscas.

***

La primera vez que la vi pensé que era idiota. La típica chica tonta que busca llamar la atención. Estábamos fuera de la facultad, yo con mi clase y ella con los de su instituto. Todos estábamos nerviosos, aunque fingíamos que no, nos hacíamos los chulitos. Desvié un momento la mirada de mis amigos y la vi.

No me fijé en ella porque fuera guapa, que lo era. Me fijé en ella porque estaba bailando la macarena. Pensé que era una perfecta imbécil, que seguro que la pobre ni aprobaba la selectividad. La juzgué, la critiqué en mi mente y le colgué la etiqueta de “caso perdido”.

Me podría haber quedado así, equivocado como estaba para siempre, pero el destino quiso darme una lección.

De ese día recuerdo la ansiedad, la sala llena de desconocidos, el enorme reloj de pared. Al acabar el tiempo y reunirme con mis amigos a la salida, la volví a ver. Me quedé un poco más rezagado, hablando con un compañero del que no he vuelto a saber nada desde que empezamos la universidad.

Ella llevaba una chaqueta colgando de la bandolera, y se le cayó. Como más tarde supe, siempre ha sido un desastre además de despistada. Y yo no era el chico que se fija en todo, el que va recogiendo chaquetas y salvando a damiselas en apuros. Por eso me limité a decir “Eh, rubia”. Ella podría no haberse girado, pero se giró. Le señalé la chaqueta en el suelo, siempre he sido un chico de pocas palabras. Ella retrocedió unos pasos y se agachó para recogerla, mientras nosotros nos acercábamos a donde estaban ella y dos chicas.

-No me llamo rubia – dijo.

-Entonces cómo, ¿Macarena? – Respondí, haciéndome el gracioso. No esperaba que me contestara, cuando actuaba así las chicas me mandaban a la mierda. Pero ella no era las demás chicas.

-Pues sí que me ha visto todo el mundo, sí. Bueno, por lo menos ha funcionado, aunque haya hecho el ridículo. Ya no estaba tan nerviosa en el examen.

Durante unos segundos ninguno de los cinco dijimos nada y me di cuenta de que a veces las cosas no son lo que parecen. A ella no le importaba lo que pensara alguien como yo al verla.

-Me llamo Irlanda, por cierto. – Dijo ella, rompiendo aquel silencio incómodo que hacía que quisiera irme de allí.

-Para el próximo examen podrías bailar algún baile irlandés y así es más fácil adivinarte el nombre. – Seguía haciendome el gracioso, a riesgo de cagarla.

-¿Y perderme esta conversación embarazosa? – Ella rió.

Al día siguiente mi grupo de clase volvió a ir media hora más pronto, aunque ya conocíamos el lugar. Me descubrí buscándola con la mirada, y no encontrando nada. Tendría exámenes a distintas horas, pensé. Estaba con un grupillo de amigos y decidimos sentarnos en las escaleras a esperar. Me miraba los cordones de las zapatillas y oí un “pss, pss”, “eh”. Pero no levanté la mirada, me sentía cotilla cuando espiaba conversaciones ajenas. Entonces Jaime me dio un golpe en el brazo y me dijo: “Mira, es Irlanda, la chica de ayer”. La vi con un grupo de gente, y cuando mi mirada se encontró con la suya me saludó con la mano, dibujó en su cara una amplia sonrisa y comenzó a dar pequeños saltitos. Miré sus pies y me di cuenta de que también llevaba las manos a la espalda. Era un baile irlandés.

No hace falta decir que no necesité ninguna otra casualidad, ni encontrármela en otro examen para pedirle el teléfono. Aquel nombre poco común le iba que ni pintado, y desde que empezamos a salir me he convencido de que gracias a una tontería, a un baile, ahora soy feliz.

Hello 2013, please be good to me

Mi mano permaneció quieta sobre el ratón del ordenador, y mis pupilas no se movieron. Mi cerebro estaba tratando de procesar la información visual que acababa de recibir. Bueno, más bien, estaba tratando de encontrar una razón lógica por la que en una fotografía, mi novio debería estar abrazando a otra chica. Sé lo que pensáis, las cosas no son como eran antes, chicos y chicas pueden ser amigos perfectamente, y abrazarse en las fotos es muy normal. Tenéis razón, el problemas es que él no era de esos chicos que se abrazan a las chicas, y mucho menos para una fotografía que iba a estar colgada en cualquier red social. Apenas me abrazaba a mí, que era su novia…

Cerré la pestañita del explorador y apagué el ordenador. Me fui directa al salón, dispuesta a pasarme toda la tarde viendo la tele para no tener que pensar qué demonios iba a hacer. Había visto aquella foto y sabía lo que significaba. Él no la había colgado en su perfil, pero estaba etiquetado, así que era cuestión de tiempo que se imaginara que yo la había visto. ¿Qué era lo que se suponía que tenía que hacer? ¿Esperar a que él mismo me contara lo que estaba pasando? ¿Llamarle con la consiguiente factura de teléfono del copón y montar una bronca? O simplemente… podía sentarme en el sofá, abrir una bolsa de patatas, una tarrina de helado, poner el primer programa que pillara, a ser posible que no requiriera muchas neuronas, y aparentar que no me pasaba nada. Porque realmente no sabía que era lo que tenía que pasarme. Mi mente ilusa pensaba “Venga, Ana, seguro que todo tiene su explicación. Seguro que Víctor por fin a cambiado y es más cariñoso con la gente”, pero sabía que yo misma no me lo creía. Sólo me lo repetía para seguir viviendo en mi mundo de fantasía, ese mundo en el que toda la gente era buena y nunca me partían el corazón.

Aparté la mirada del televisor y mis ojos se desplazaron hasta llegar al calendario que había colgado en la pared. Enero. Enero de 2013. El condenado sólo había tardado unas míseras semanas en darme el cambiazo, en pegarme la patada. Tras clavarme la puñalada trapera se había olvidado de mí. Los pensamientos que estaban surgiendo en mi interior no eran muy alegres, así que mis ojos se fueron hacia otros lugares. Como los papeles de colores que Chester había colgado en la parte de arriba del calendario.

“Do it yourself”, rezaba el cartel colocado justo encima. Al grito de esa frase nos había invitado a Waliyha y a mí a contribuir en su proyecto de creatividad. Pero la verdad es que él no necesitaba que nadie lo ayudara, por si solo ya irradiaba arte por todos los poros de su piel. Y sin embargo, ahí estaba, trabajando en un bar cualquiera para poder pagarse los gastos de la universidad, durmiendo cuando podía, sin a penas tiempo para vida social o hobbies, sólo asistir a las clases y currar. No entendía como él, que a la legua se veía que tenía talento, que era despierto, que era muy capaz de realizar un trabajo complejo, y que además estaba en su cuarto año de la carrera de Bellas Artes y había venido a España con una prestigiosa beca de su universidad, se tuviera que dedicar a llevar bebidas de unas mesas a otras y tomar la cuenta. Pero él se lo tomaba con filosofía, de las pocas veces que lo veía debido a que nunca llevábamos el mismo horario, siempre estaba sonriendo. Y no era una de esas sonrisas falsas que emite la gente para no tener que dar explicaciones y guardárselo todo dentro, no. Él era feliz. No tenía nada asegurado en la vida, pero era feliz.

Waliyha, al contrario, era muy seria, jamás sabías en que estado de ánimo se encontraba. Yo lo achacaba a la cultura, pues su padre era paquistaní y su madre inglesa, y ella había nacido en España, o eso me había contado Chester cuando llegué al piso por primera vez. Trabajaba de secretaria en una empresa a pesar de que no era mucho mayor que nosotros y siempre iba bien vestida, elegante y cara. Ella no trabajaba muchas horas, pero casi nunca estaba en el piso, o se iba de compras, o se iba a pasear, o algún compañero de trabajo la invitaba a algún sitio. Y cuando estaba en el piso normalmente siempre se encerraba en su cuarto y solo salía para cenar, momento en el que nunca cruzaba más que un par de palabras conmigo.

El sonido de la cerradura de la puerta me sobresaltó, con el consiguiente tirón brusco para conseguir abrir la vieja lámina de madera. La cerradura era bastante vieja, como todo el edificio, y no cedía con facilidad. Cogí una patata y me la metí en la boca, esperando a que la esbelta figura de Waliyha apareciera por la puerta. Y lo que asomó por el pasillo fue una cabellera pelirroja mojada.

-¡Vengo empapado! – Su gracioso acento lo delató.

Chester. Que raro que ya esté en casa… miré la hora del reloj de pulsera, angustiada. Uf, que alivio, eran las nueve de la noche, el tiempo seguía pasando lento, menos mal.

-¿Cómo es que vienes tan pronto? – Dije, bajando el volumen de la tele, sin fijarme en el programa que estaban emitiendo.

Se metió en el baño y segundos más tarde apareció con una toalla en la cabeza, secándose el pelo. Como de costumbre ya no llevaba los zapatos, pues era Escocés y tenía la costumbre de andar descalzo por casa. Se dejó caer a mi lado y me quitó de las manos la patata frita que estaba a punto de comerme.

-Me han despedido. – Dijo, como si tal cosa, masticando. – Tú por lo que veo estás aquí poniéndote gorda.

Señaló el bote de helado, todavía sin abrir.

-¿Puedo unirme a tu sesión de lloros y porquerías industriales?

Asentí con la cabeza y él cogió el helado, destapándolo.

-No es una crying-sesion ni nada por el estilo. No estoy deprimida. – Respondí.

-¿Helado? ¿En invierno?

Me miró fijamente, con sus pestañas blancas apuntándome.

-Sí… ¿qué pasa? Estoy preparándome para hibernar.

-Un poco tarde, me temo. Ya ni siquiera es Navidad.

Su foto volvió a aparecer en mi mente. Si yo hubiera estado allí seguro que ni habría querido salir a celebrar la Nochevieja conmigo. Si no me hubiera ido pocos días después de Navidad, si tan sólo me hubiera quedado hasta Año nuevo… quizás las cosas ahora serían distintas, sería yo la que estaría abrazada a él en una foto. O quizás no. Le robé la cuchara a Chester y engullí una buena cantidad de helado. El frío en la garganta me quemaba, pero por lo menos no estaba llorando.

-No te preocupes, te irás acostumbrando a estar aquí.

Me pregunté si eso sería verdad, o se me iba a quedar una cicatriz en el corazón para siempre.

***

Al día siguiente me despertó la luz del sol. Me intenté mover un poco y me dio un tirón el cuello. Fruncí el ceño y palpé con la mano mi alrededor. Aquello no era una cama. Levanté la cabeza, ligeramente mareada y perdida. Me había quedado dormida en el sofá, después de ver The Holiday y llorar como una descosida. Eso explicaba el dolor de cabeza que sentía, suerte que nunca se me hinchaban los ojos. Apoyé los pies en el suelo, y estiré las piernas hasta encontrar las zapatillas. Me aparté el pelo de la cara como pude y miré  con ojos todavía medio cerrados hacia la ventana. Chester nunca se acordaba de bajar las persianas, que para algo las teníamos. De donde él venía podían no existir las persianas, pero en España se hacía buen uso de ellas. Daba igual que fuera en Galicia o Córdoba, el sol molestaba igual. Me giré y me asusté al encontrármelo sentado junto a la mesa del salón, leyendo el periódico. Y justo en el centro de la mesa, había un bizcocho enorme.

-¿Has cocinado? – Dije con el tono más sorprendido que tenía. Ahí la única que sabía preparar comidas sin riesgo de intoxicación era yo, Chester y Waliyha siempre encargaban comida o comían fuera.

-Lo han traído los nuevos vecinos hace un rato. Ya era hora de que te despertaras, que no has podido ni saludarles.

Miré el reloj de pared, las 11 de la mañana.

-Por favor, dime que es sábado. – Supliqué.

-¿Ya no sabes ni en que día vivimos? Y eso que tu no tuviste que pasar por el jet lag.

Me sentía peor que si hubiera cruzado el atlántico a nado. Miré por encima de su hombro y vi que estaba leyendo la sección de empleo.

-Vaya, así que por eso estás tan borde hoy… es reconfortante saber que también eres humano y pasas por tus días malos…

Me miró durante un rato sin decir nada y después volvió a leer el periódico.

-Bueno, no se puede vivir en los mundos de yupi para siempre. Ya es hora de que crezca y sea un poco más serio, de que madure. O eso dice mi padre. – Susurró.

Tontería monumental la que acababa de soltar el cabeza de zanahoria. ¿Ser maduro era no volver a ser totalmente feliz? ¿Crecer implicaba perder la sonrisa permanentemente? Entonces muy bien, me voy con Peter Pan al país de nunca nunca jamás y ahí se queda el resto del mundo.

-Resulta que estar matriculado en una carrera no asegura que no seas estúpido. ¿Te has creído eso? – Separé la silla de al lado y me senté, con las tripas rugiéndome a causa del buen olor que desprendía el bizcocho.

-Tiene razón.

-Oh, Dios mío, perdona a este pecador, no sabe lo que está diciendo. – Exclamé teatralmente. Por lo menos Chester se rió.

Nos quedamos en silencio y él volvió a su periódico.

-Oye, sé que no tengo que meterme en tus asuntos pero… eres genial tal y como eres, de verdad. Tu forma de ser es especial, y en serio tienes talento. No tienes que cambiar porque alguien te lo diga, aunque sea tu padre.

Chester suspiró.

-Va, venga, seguro que es todo mucha palabrería pero luego se le llena la boca con halagos y está super orgulloso de ti. – Dije para animarle, porque eso era lo que sienten casi todos los padres.

Esperaba su respuesta, o al menos una sonrisa, pero no fue así. Contuve el aliento al darme cuenta de que una lágrima se deslizaba por su mejilla, demasiado deprisa, impulsada por los sentimientos de Chester. Entonces él se dio cuenta de que lo estaba mirando, un tanto petrificada. Pasó su mano por la mejilla, borrando el rastro, pero no los recuerdos de mi memoria a corto plazo.

-Lo siento. Yo… no debería haberme metido… soy una estúpida. Perdona. – Dije, y me levanté, intentado huir de la situación, de haberle hecho daño a alguien sin querer.

-¿No me vas a decir que si quiero hablar del tema puedo contar contigo? – Preguntó muy bajito.

Me giré, sorprendida.

-Eso es lo que siempre dice todo el mundo en estas situaciones, ¿no? – Dijo.

-Sí… bueno, es que yo no soy como los demás. Soy la rarita a la que siempre se le olvida el protocolo, la que no se sabe el guión. Ando perdida entre la gente, y cuando alguien está triste nunca sé que decir. Me encantaría poder ser una de esas personas que tienen una respuesta para todo, que saben animar. Pero en momentos así… la suelo cagar más.

-Claro, por eso la lista de halagos del principio la ha dicho el extraterrestre que tienes en tu interior.

-¿Qué?

No entendía el humor inglés. Bueno, el escocés.

-Que si mi padre hubiera dicho alguna vez la mitad de lo que tú me has dicho, yo no estaría así. A veces no son las cosas que dice, si no las que nunca ha dicho y nunca me dirá.

Que sinceridad. Y eso que lo conocía de hacía unos meses. Al final resulta que es verdad y todo eso de que los británicos son muy fríos al principio pero luego se abren a ti. Aunque Chester había sido amigable desde el principio.

-¿Quieres un abrazo? – Dije con los brazos estirados. Otra cosa no, pero dar abrazos era mi especialidad.

***

Una vez en mi cuarto, me paré a pensar de verdad, con calma, después de esos meses. Habían cambiado tantas cosas… me había lanzado a la aventura de irme a estudiar a otra ciudad, de compartir piso, de arreglármelas yo sola. Y de momento estaba saliendo bastante bien. Bueno… el asunto de Víctor ya se vería. No quería preocuparme, simplemente quería vivir ese año con intensidad, aprovechando al máximo cada segundo de aquellos 365 días. Quería que el año 2013 fuera especial, como ningún otro. Quería dejar a un lado mis miedos, lo que pensaran los demás y ser yo misma, dejarme llevar. Quería llevar a cabo todos mis sueños, sentirme segura de mí misma. Estaba preparada para este momento, aunque me sentía sola lejos de casa, sin mi familia ni amigos, no me arrepentía de nada. Era mucho más fuerte el deseo que había en mi interior de ser feliz, y quería empezar ya. Nada iba a pararme o impedírmelo. El reloj ya estaba en marcha, y no esperaba a nada ni nadie.